El transporte en avión (1ª entrega)

¿Quieres acompañarme en el viaje por Ecuador que estoy realizando estos días? Voy a ir colgando entregas comentándolo. Que lo disfrutes.


 

El gran escritor, compositor y viajero norteamericano Paul Bowles murió en la fea y casi inhóspita ciudad marroquí de Tánger poco antes del cambio de milenio. Creo que dejó este mundo a finales del 1999. Para ubicarlo, simplemente una de sus obras más conocidas, El cielo protector, novela que tuvo un gran éxito al ser pasada a cine por la mano del genial Bernardo Bertolucci.
No recuerdo si fue en esta obra —tiene una parte autobiográfica— o propiamente en su autobiografía —titulada Memorias de un nómada— donde leí algo que me dio que pensar, y que recuerdo con frecuencia. Resulta que P. Bowles fue un viajero empedernido, devoto y amante de lugares paradisíacos en los que vivió temporadas cortas y largas. De nuevo menciono de memoria, vivió en México —un país que le fascinaba—, Alemania, Costa Rica, Bali y Marruecos. Como viajero, podía llevar con él baúles de material y partituras, o absolutamente nada más que lo puesto para sumergirse en la aventura del verdadero viaje.
En 1947 el matrimonio Bowles se quedó a vivir definitivamente en Tánger, donde Paul murió. En cierta ocasión alguien le preguntó el motivo por el cual, un verdadero nómada como él, amante y conocedor de bellísimos rincones del globo, se había quedado a vivir en una ciudad fronteriza tan deslucida como Tánger, donde, para postre, el único entretenimiento de la época —supongo que actualmente debe ser casi lo mismo— era contar mercenarios del ejército español andado por las feas calles, y marroquíes pobres enfundados en chilabas y arrastrando sus babuchas.
P. Bowles, y este es el tema de reflexión, respondió con precisión que lo que a él le entusiasmaba “es viajar”, que cuando se dio cuenta de que en el mundo se había acabado la posibilidad de viajar, que la gente solo se transportaba, decidió quedarse donde estaba, no valía la pena moverse más y le daba igual donde fuera. Resulta que cuando descubrió que se había acabado el viajar por el mundo, y que lo que había era “solo transporte humano”, sin el menor sabor de lo que significa “viajar”, estaba en Tánger: ahí se quedaron él y su esposa Jane. Sin más. De ahí que la mayor parte de sus obras literarias, escritas a partir de aquel año 1947, estén ambientadas en un paisaje de fondo marroquí.
Ya no se puede viajar por el mundo, solo transportarse ¡Que precisa y aguda observación! No hay cinismo en este comentario, no hay acritud, no hay resentimiento. Solo una mirada cierta sobre una realidad aburrida, cada vez más automática y sin vida. Viniendo hacia Ecuador —país al que amo y que considero mi segundo país—, en esta compañía española de transporte de ganado humano que es Iberia, no pude olvidar el comentario de P. Bowles ni un solo minuto. No me permitieron olvidarlo. También me acordé de la observación de Aristóteles: los humanos nos acostumbramos a todo, solo es necesario disponer del tiempo suficiente.
En Barcelona, llegamos —mi esposa y yo— al mostrador de embarque dos horas y media antes de la salida del vuelo. No me gusta correr y de esta forma puedo escoger los asientos cuando no vuelo en Bussines Class —antes denominada con palabras más adecuadas y en castellano, Clase Preferente—, algo que casi nunca puedo permitirme. A parte de que todos los vuelos transatlánticos deben pasar por Madrid por razones políticas, aunque haya tantos pasajeros de Cataluña como del resto de España —un argumento más para querer algún día la independencia de Cataluña. Al llegar al mostrador, la azafata de tierra, después de las comprobaciones habituales, nos soltó dos tarjetas de embarque. Gracias. Las miro: mi esposa y yo tenemos asientos separados. Con amabilidad le pedí que me diera asientos laterales, en la hilera de dos, y juntos. Me miró con cara de quien mira a un paleto y con una sonrisa forzada me informó que este capricho se paga a parte: aunque el avión no está lleno son 40 euros por asiento. Me quejé. No entiendo que cuando se compra un pasaje con antelación se deba abonar un plus para escoger asiento, pero por costumbre he acabado aceptando esta explotación del viajero. No obstante, que en el mismo momento de embarcar… “Sí, señor, 40 euros por asiento si quiere escogerlo, si no la máquina decide donde se sentará”. Entonces si me salió a flote la cara de imbécil que tengo en este tipo de situaciones. “Bueno, pónganos juntos a mi esposa y a mí, y sobretodo en una hilera lateral de dos asientos, detesto tener que pasar 13 horas encajado entre dos pasajeros en las hileras de 4 ó 5 asientos. Aquí tiene los 80 euros.”
Un poco más tarde, entramos y nos topamos con tres azafatos de tierra enfundados en el sosísimo uniforme de Iberia. Hace tiempo que no me topaba con tres cretinos, prepotentes y estúpidos de tal talla. Hay gente —desgraciadamente muy numerosa— que se esconde tras un uniforme para abusar de los demás con el micro-poder momentáneo que les otorga el miserable uniforme y la función que deben desempeñar. En este caso, en lugar de estar al servicio de los demás y facilitar el acceso de los pasajeros al avión, estuvieron molestando y humillando a todo humano transportable que no les mostraba la carta de embarque y el documento de identidad exactamente tal y como ellos exigían, o que no estuvieran en la línea de acceso al avión que estos gilipollas habían decidido hacer, respetándola como si fuera una parada militar. En fin, que en lugar de ayudar y agilizar el embarque, estuvimos más rato del necesario a causa de estos pobres diablos que a diario parece que, a causa de sus problemas de personalidad, necesitan imponer su micro-poder momentáneo sobre otros.
Una vez dentro del aeroplano otra desagradable sorpresa. Al margen de la humillante estrechez de los asientos —a veces me viene ganas de pegar fuego a estos aparatos—, algunos acolchados de los respaldos estaban parcialmente rotos o sueltos.
Las azafatas de vuelo no resultaron ser mucho más amables que sus colegas de tierra. Ignoro la causa de que —imagino que debe ser para bien de la humanidad— Iberia contrata a mujeres que por término medio pasan de mediana edad y, con alguna excepción, de carácter agrio y mirada oscura. Me daban la impresión de ser un grupo de madres mari-mandonas y amargadas que están haciendo de azafatas a disgusto para ganar un suplemento que ayude a sostener la familia. Chillan preguntando, casi con tono de amenaza, lo que cada pasajero quiere comer de entre dos posibles y baratos menús, chillan para preguntar la bebida, chillan para casi todo. Tal vez es un problema de las alturas. Ignoro el motivo de que en otras compañías aéreas, en cambio, las azafatas sean chicas jóvenes —no siempre, pero…— siempre amables, calmadas, serviciales con los pasajeros y rápidas en la atención. ¿Tal complejo es encontrar personas competentes y amables en España?
Prefiero no seguir describiendo el baño del avión, con botellas viejas de gel simplemente depositadas sobre el mueblecito al lado del grifo, ni la absurda dificultad para conseguir varios vasos de agua en el ínterin de servicio marcado y servicio marcado por el protocolo —sabiendo que volar deshidrata y que el servicio de bebidas debería pasar cada hora—, o para no mencionar la falta de información del vuelo que en otra compañías está permanente en las pantallas. En fin, que me dan ganas de seguir el ejemplo de Paul Bowles y quedarme donde estoy. Me alegro que en España, para movernos, podamos escoger entre esta compañía aérea oscura y anacrónica, que parece decida a amargar la vida a los pasajeros, y el AVE. Si cabe, siento más tristeza y cabreo recordando que antaño Iberia fue el orgullo nacional de las personas que volamos con frecuencia. No, directivos de Iberia, no me deis la recorrida excusa de la crisis. Hace unos pocos años subisteis el precio de los pasajes cargando la culpa al precio de petróleo, pero ahora que ha bajado el precio del barril de crudo a mínimos casi históricos, no habéis reducido ni un céntimo el precio de los pasajes. Al contrario: “si quiere Ud. escoger asiento, 40 euros”. Cutres. Sois tan prepotentes, ineptos y vergüenza nacional como vuestros azafatos de tierra.
La llegada a Quito, para compensar el purgatorio ibérico de transporte humano, fue luminosa. Nos estaban esperando dos amigos del alma, C.S. y su esposo, J.M., con una sonrisa ancha y chispeante, y una enorme carga de amabilidad y ganas de servir. Abrazos fraternos y cálidos después de dos años de no vernos. Nos miramos fijamente para reconocernos y acostumbrarnos a los cambios físicos mutuos, y a los treinta segundos salta la conexión de corazón a corazón. Hace más de dos décadas que somos amigos íntimos, hemos propulsado numerosos proyectos juntos, entre ellos la Fundación Sichi Sacha, hemos reído y llorado, nos hemos apoyado en momentos de sufrimiento, aconsejado en tiempos de dudas y gozado de los éxitos del otro. Siempre me impresiona sentir que el tiempo no pasa de igual forma para todos. Hay relaciones para las realmente que no pasa, caminan fuera del tiempo.
Con estos amigos, J.M. y su esposa C.S., el dios Cronos no tiene mucho a hacer. Solo necesitamos medio minuto para acostumbrarnos a los cambios físicos, dos años no pasan en balde —un poco más gordito, tú más flaquita y con unas pocas arrugas más debajo de los ojos, este corte de cabello te favorece, te has cambiado la montura de las gafas, por el resto estás igual…—, y en seguida conectamos los unos con los otros a nivel profundo, difícil de describir, de complicidades mudas y de ganas de compartir los aprendizajes, los descubrimientos y la belleza vivida en este tiempo de separación.
Lo primero que hago, como siempre que viajo fuera de España: entrar en la oficina de telefonía local Claro, que está en el mismo aeropuerto, comprar una tarjeta nueva —en Ecuador lo llaman “chip”— y ponerla en mi teléfono móvil cambiándola por la habitual de Movistar. Así se evitan sorpresas desagradables de facturas descomunales a causa del famoso roming y de la peligrosa itinerancia de datos. Simplemente pones una tarjeta nueva de prepago sin cambiar nada más de tu teléfono. Con ello, accedes a internet —si tu móvil tiene este dispositivo— y puedes llamar y mandar y recibir whatsapp a través de tu número habitual, pero llamas a través del nuevo número que acabas de contratar y controlas el dispendio.
Ya estamos en Quito, donde hay una luz especial, limpia, muy limpia. Solo caminar cien metros con la maleta siento un ligero ahogo. No es el cansancio del viaje, o no sólo, sino que Quito está a 2900 m. de altitud —es la segunda capital más alta del mundo— y los recién llegados del nivel mar sentimos y sufrimos la falta de oxígeno. Excepto por esto, que no es casi nada, todo bien. Seguimos en la próxima entrega.

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