Calma y ancianidad a un tiro de piedra de San Francisco (2ª entrega desde Ecuador)

Hace dos días que estamos en Quito y me sorprende el mal ambiente social que descubro. Hay un nivel de crispación y de miedo que me resulta desconocido aquí. Ecuador es —bueno, era y espero que lo sea de nuevo— uno país con mucha tolerancia y armonía entre los numerosos grupos humanos que conviven en su territorio.

En mi poco fiable opinión, Ecuador es el segundo país del mundo en lo que respecta a belleza y riqueza natural y humana. Hay picos y volcanes andinos impresionantes a más de 6.000 m. de altura, la mitad del territorio es selva tropical amazónica, al norte tiene costa en el océano Pacífico, las famosas islas Galápagos le pertenecen, y está geográficamente en el centro del mundo, de ahí que al dividirse la Gran Colombia, lo bautizaron como ‘ecuador’. Desde el punto de vista humano y etnográfico, no es menor el interés que tiene este pequeño país latinoamericano habitado por poco más de quince millones de habitantes divididos en mestizos, negros, diversos grupos de quichuas andinos y numerosas etnias amazónicas, en un total de 14 zonas culturales.

A pesar de esta armoniosa convivencia que ha llevado a numerosos visitantes a decir que Ecuador ‘tiene un ángel que lo cuida’, la política actual de insultos y amenazas ha conseguido generar malestar y miedo en la población, enfrentando clases sociales que antes no lo estaban. Las calles y carreteras se han llenado de policías hasta el absurdo.

Me viene a la mente que cada policía que está parado en la calle con actitud y armas amenazantes es un muchacho en su edad de más fuerza, en la edad de producir a tope para levantar el país. En cambio, haciendo de policía es un sujeto improductivo que vive a costa de los que generan algún bien real —a los que controla para que entreguen una parte de lo que producen al Estado ¿Cómo se ha llegado a esta situación aquí? Os recomiendo leer la autobiografía de Robert S. Hartman titulada Libertad de Vivir (ed. Liebre de Marzo, 2015, Barcelona), es un texto de excepcional lucidez y simplicidad explicativa en lo que a los motivos reales que han conducido al mundo hasta donde lo encontramos hoy.

Un hecho que me encanta de Ecuador es que en las últimas dos décadas ha cambiado de presidente de gobierno varias veces. ¿Motivo? El presidente lo hacía tan mal que el propio pueblo, especialmente los indígenas, se organizaban y caminaban desde todo el país hacia el palacio de gobierno para expulsar al mandatario. A medida que se acercaban a Quito, la capital, el presidente de turno mandaba a los soldados y a la policía contra el pueblo, como suele pasar, pero… resulta que los policías y soldados eran indígenas, y cuando recibían la orden de golpear o incluso disparar sobre sus propios y literales hermanos, primos, tíos, sobrinos, amigos de la infancia, con toda la calma del centro del mundo se daban media vuelta, caminaban hacia el palacio del infausto presidente y le pedían: “Señor, mejor márchese del país, ya ha robado bastante. Le damos 24 horas para que se vaya. Y usted, señor vicepresidente, haga el favor de organizar un nuevo gabinete hasta que haya elecciones”. De esta manera tan sencilla y hermosa —obviamente he simplificado— han cambiado de presidente varias veces, sin derramar una gota de sangre. ¿Qué ha cambiado? El gobierno actual ha generado miedo y humillación. Una sociedad amedrentada es fácil de gobernar. Mucho mejor harían los gobiernos, si pensaran en mejorar la sociedad, invirtiendo en educación lo que invierten en policía.

Con mi amiga C.S. hablamos de esta situación en su hermosa y luminosa casa de C., cerca de Quito, pero no parece interesarle excesivamente. Ella ha evolucionado en otro sentido. Está acercándose a la vejez sin ser aún una anciana —de una dama nunca se dice la edad, así que puede tener entre 50 y 59 años. Está entrando en este periodo de la vida que es la parte difícil de transitar, y lo nota, se asusta de los cambios que está sintiendo, se siente confusa. Hablamos con sinceridad y cierta calma mientras desayunamos a las 7 de la mañana, hora habitual aquí, ella, mi esposa y yo. Me llena de ternura escucharla, es un cambio que conozco bien por haberlo transitado hace poco, es un estado en el que aún estoy aprendiendo a navegar.

No hay muchos referentes para usar de modelo de cara a aprender una buena vejez. En nuestras latitudes, la vejez se esconde como una mala enfermedad —ya sabéis: antiarrugas, tintes para las canas, forzada actitud juvenil y moda juvenil con ‘tallas grandes’— y los viejos, en términos generales, no parecen viejos. Más parecen esperpentos fuera de lugar con mirada vacía. En cambio, los ancianos que veo en Ecuador, sean indígenas o mestizos, se puede decir que son totalmente ancianos, no disimulan su vejez, tienen las arrugas naturales en la piel a partir de cierta edad, se comportan con una dignidad casi desconocida en nuestras sociedades occidentales, pero ríen hasta desternillarse y bromean de sus propios achaques. Son íntegros y viven completamente su vida, parece como si siempre hubieran sido ancianos. Son personas orgullosas de sí mismas y de haber alcanzado una edad respetable, saben asimilar los cambios que conlleva la madurez y tienen mucho que contar y enseñar a los jóvenes, y éstos las respetan,.

La vida humana se divide en tres grandes períodos. El primer tercio es el del desarrollo, el crecimiento y enraizamiento en unos valores culturales, el de crear la propia identidad e individualidad. El segundo tercio es el de la expansión de la persona, crear familia, ganar terreno en lo profesional y en todos sentidos. Y el último tercio es el de la integración de lo aprendido, el de limar los opuestos que han generado los conflictos del periodo anterior, el tercio de la paz, la espiritualidad y el servicio a los demás. Parece que en Occidente nos hemos quedado atascados en el segundo periodo y la gente, con alguna excepción, no sabe cómo pasar a la tercera parte, se asusta con los cambios internos y físicos que se despiertan, no sabe encajar la crisis de media vida —la llamada ‘crisis de los 40’— y menos aún sabe hacer suyos los cambios de la siguiente crisis, las de los 60. Por ello estoy trabajando en un seminario práctico que empezaré a impartir el próximo octubre —si los dioses del Olimpo no se oponen, para enseñar a envejecer bien. Un seminario exclusivo para personas de más de 45 años. Lo he denominado ‘Viático’ en referencia al origen del término: el viático es el estipendio en forma de dinero, bienes e información que se da a los diplomáticos cuando cambian de embajada para que lleguen bien al siguiente destino. Si os interesa ya está anunciado en la web de la fundación (www.josepmfericgla.org).

Mi amiga C.S. nota, en sí misma, los cambios de percepción, de sentimientos, de intereses, de respuestas corporales y todo lo demás que implica la entrada a la parte difícil de la vida. Mientras tomamos el aromático cafecito —aquí lo llaman ‘tinto’— matutino, hablamos de cómo el mundo externo pierde interés, de cómo los objetivos que nos han guiado hasta el momento y por los que hemos luchado se disuelven a marchas forzadas y si uno no tiene un mundo interno sólido, con una espiritualidad firme y experimentada —que no es lo mismo que religiosidad—   puede deprimirse y sentirse perdido llevando una vida mecánica y vacía.

En este momento del paso por la tierra es cuando uno empieza a comprender profundamente la verdad que repiten todas las grandes religiones, sea de una forma viva y cercana —como el budismo y el sufismo—, sea de una forma acartonada y muerta —como el catolicismo y el protestantismo. ¿Qué verdad universal? Que la vida externa es una mera obra de teatro, algo superficial como Mátrix, y ¡pobre el que lo tome como verdad y realidad últimas y dedique toda su existencia a este melodrama insubstancial que es el mundo externo!

Al ir entrando en la vejez, si uno está despierto y vivo, se da clara cuenta de que los personajes que encarna y los papeles que interpretan estos personajes se disuelven en las manos como mantequilla en el calor, que sólo momentáneamente habían tenido apariencia de consistencia.

Con C. S. hablamos de todo esto, compartimos nuestras sensaciones mientras se le escapa una lágrima de comprensión. Digo de comprensión porque los cambios que conllevan la vejez no tienen nada de tétrico, sólo hay que aprender a moverse en esta nueva dimensión de la realidad y sólo aprende el que es capaz de morir al rol que ha jugado durante su vida anterior. Como dijo el patriarca de la moderna psicología profunda, C.G. Jung: “Desde la mitad de la vida hacia delante, sólo permanece vital aquel que está preparado para morir con vida”, y en cuanto a mi tarea de psicoterapeuta, podría decir que no tengo un solo paciente de más de 45 años cuyo problema no sea el de encontrar un sentido espiritual a su vida. Como se dice en sufismo, el secreto consiste en aprender a ‘estar en el mundo sin ser del mundo’.

Tras el delicioso desayuno en C., con mi esposa vamos hasta Quito, a 30 min. en coche, a dar un paseo. Es la primera vez que ella visita Ecuador y me encanta hacerle de cicerone. Vamos directos a la basílica de San Francisco   —Pl. de San Francisco, en el casco histórico; justo debajo de la basílica, en lo que antes llamaban ‘covachas’, está la tienda Tianguez, de artesanías de calidad, propiedad de la Fundación Sinchi Sacha que creó mi amiga C.S. y que gestiona con su esposo J.M., y de la que soy vicepresidente casi desde su fundación en 1992 por lo que me siento como feliz un niño en su casa—, decía que hay que entrar en la basílica de San Francisco y percibir la energía cálida e intensa que tiene este templo, a diferencia de la catedral de Quito donde no se percibe una atmósfera más espiritual que en una parada de buses. Este año he descubierto algo asombroso en la iglesia de San Francisco.

En las paredes de la basílica, en lugares altos y poco visibles, hay varias representaciones del Yinn, he visto 3. Es increíble, aunque hubiera tenido que pensarlo. El Yinn es un personaje mágico de la tradición sufí que proviene de la mitología de Mesopotamia. Los sufíes dicen que a veces aparece cuando una persona que es íntegra y trabaja para su desarrollo espiritual está pasando por un momento de dolor y dificultad. Aparece el Yinn para ayudarla. Se le representa en ciertos lugares sagrados y especiales por su carga energética, con la cara o la cabeza de un hombre envuelto el hojas verdes, y es la evidencia de que el templo donde aparece la representación del Yinn fue construido o auspiciado por la Gran Tradición. Sólo un comentario: la Gran Tradición es una cadena de conocimiento sagrado y esotérico, o forma de espiritualidad práctica para mantener el contacto vivo con lo Trascendente y con el amor hacia Dios, que nació en Mesopotamia y que sigue viva en todo el mundo. Desde hace unos siglos parece que los sufíes son los principales depositarios —no los únicos— de esta cadena de Conocimiento. Por otro lado y todo encaja, San Francisco de Asís, a quien está dedicada la basílica de Quito, fue un santo cristiano que practicó el sufismo, al igual que Santa Clara, de ahí sus poderes y el amor impersonal que atraía a los animales salvajes hacia él sin causarle el menor daño. Por otro lado, la basílica de San Francisco fue construida sobre un antiguo templo precolombino, etcétera. Total, no dejéis de visitar este lugar ‘caliente’ si estáis en Quito.

Caminando por las empinadas calles del Quito histórico me ahogo. Quito está a 2.900 metros de altitud y las personas que vivimos cerca del mar notamos la falta de oxígeno. Se me despierta una jaqueca intensa y se hincha mi cara, me pesan las piernas, me mareo y canso con mucha facilidad.

Nos paramos a descansar de vez en cuando y seguimos visitando los puntos que tanto me recuerdan tiempos pasados en que he recorrido estas calles durante semanas. Llamo al Vicerrector de la Univ. Politécnica Salesiana, colega antropólogo y amigo de hace años; llamo a R.M., profesor de la Univ. Andina Internacional, para empezar a hilar un máster sobre estados expandidos de consciencia que me gustaría impartir en este país, donde la ayahuasca es legal y tradicional y los estados de consciencia expandida forman parte de la experiencia milenaria de sus indígenas originarios.

Así pasamos el segundo día en Quito, sin dejar de catar las humitas con queso, un plato tradicional a base de harina de maíz cocinada dentro de una hoja de la misma planta envuelta como un gran canalón vegetal, los tamales y los inigualables jugos de frutas que hacen al momento en cualquier chiringuito.

 

 

 

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