Noche chamánica y el fecundo y poético no-hacer (4ª Entrega del viaje por Ecuador)

Estamos a domingo 31 de enero.

El jueves fuimos hasta Uyuntsa, centro shuar donde vive Juankª —el chamán shuar con quien estuve varios años aprendiendo y tratando de comprender su mundo— y su esposa Ishpinku, que significa Canela y que han castellanizado como Clara. De todos modos, ambos nombres son inspiradores y delicados para una mujer, y ella es menudísima: no llega al metro y medio de altura, y tiene una figura muy fina a pesar de los nueve hijos que ha parido. Juankª está envejecido y enfermo, pero al poco de estar en su cabaña de madera ya nos sentíamos próximos, como en los viejos tiempos. Hablamos, le doy la comida y los regalos que traemos para ellos y, como suelen hacer los shuar, los coge y los deja en un rincón en medio de bromas y burlas, excepto un ejemplar de mi último libro que le traigo, ‘Los jíbaros, cazadores de sueños’. Lo observan sorprendidos porque es un pueblo no alfabetizado, —‘¿para qué ha traído esto, para qué sirve?’— pero lo abro por las páginas con fotografías de ellos y de otros amigos indígenas, y en seguida quedan atrapados por las imágenes. No saben leer, pero las fotos son universales, y más aún si aparecen personas conocidas. Juankª ve una foto de él, duda, se reconoce y haciendo un esfuerzo me dice en castellano: ‘Éste, es yo’. Al cabo de pocos minutos nos rodea la habitual nubecita de niños y jóvenes que también quieren ver las fotos.

Algunas imágenes del libro son de hace dos décadas o más. Un adolescente, al saber que una mujer anciana que aparece en una foto era la difunta primera esposa de Juankª, se queda mirando fijamente la foto y me dice reflexivo que era su abuela a la que nunca había conocido, que es la primera vez que ve una imagen de ella.

Este mismo muchacho andaba jugueteando con un pájaro al que acababa de atrapar. No recuerdo el nombre del ave, pero debe de tratarse de una especie de pájaro grande ya que, siendo pichón aún sin las plumas de las alas, su tamaño ya es como el de una paloma adulta.

Ahí se da una situación de las que para ellos son cotidianas y para mí completamente inhabitual: no hacer nada en compañía de otros.

Estábamos esperando a que anocheciera para comenzar la sesión chamánica, faltaba una hora o más y no había nada que hacer. Estábamos un grupo de unas 10 ó 12 personas, algunas mirando las imágenes del libro, otras ya las habían visto, en silencio, con ganas de estar juntas y sin nada que hacer. Nada. Myriam estaba sentada, mi amigo Xevi haciendo alguna foto y filmando imágenes de recurso para el documental que estamos produciendo sobre la ayahuasca, y yo mirando a los púberes sin más. Juankª estaba en su habitual postura, sentado sobre una piedra con las piernas cruzadas y completamente relajado mirando el cielo. Nadie improvisaba temas de conversación para romper el silencio, no había la mínima tensión entre nosotros, el tiempo transcurría al melancólico y sosegado ritmo del anochecer, todo estaba hecho por hoy. Nada más por hacer, excepto respirar y esperar con calma sabiendo que lo que tiene que llegar, inevitablemente llegará: la noche.

Pasé este rato de mucha paz interna, de conexión con la selva y con los sonidos de los animales nocturnos que van desperezándose a esta hora en que los diurnos se van acurrucando para dormitar. Me resulta extraño estar así, sin hacer nada y sin querer hacer nada, sólo esperando sin el menor anhelo a que llegue lo inevitable. Esta actitud me llena de paz.

Los anhelantes y neuróticos occidentales debemos aprender a estar sin hacer nada para vivir mejor, hacer nada sin aburrirnos. Es en esta actitud como se capta lo inefable, se perciben los innumerables matices que dotan a cada instante de una calidad intemporal, se descubre el sentido de la expresión ‘un instante eterno’. Las personas no buscan la mirada de otro, pero si por azar los ojos de dos presentes se encuentran en su volar por el mundo, las miradas se quedan ahí atrapadas, largas, tranquilas, sin juicios. A través de la mirada calma, los corazones se reconocen y se hablan sin necesidad de palabras.

Me acuerdo del poema de Rumi que aproximadamente dice así:

 

Cuando corro, después de lo que creo que quiero,

mis días son un horno de estrés y ansiedad.

Si me siento en mi propio lugar de paciencia,

lo que yo necesito fluye a mí, y sin dolor.

De esto entiendo que
lo que quiero también me quiere,


me está buscando y me atrae.


Hay un gran secreto aquí


para cualquiera que pueda comprenderlo.


 

Llegado el momento oportuno, ya oscuro, entramos a la cabaña de Juankª y de su esposa, y sin demasiada ceremonia pero con mucho respeto empezó la sesión. Había tres indígenas que estaban ahí para que Juankª los sanara. Cantó sobre el recipiente para cada una de las personas que, por orden, fueron bebiendo el contenido que el chamán había vertido para cada una de ellas. Me sorprendió la poca cantidad de líquido que ponía. A ojo, no creo que llegara a 10 ml y en mi experiencia, lo normal es servir unos 40 a 50 ml por dosis. Pensé que sería una ayahuasca muy concentrada, y así resultó ser.

Como suele pasar entre los shuar, la sesión duró un par de horas durante las que hubo personas que entraron y salieron de la cabaña de madera, Juankª también salió un buen rato; su esposa, que no toma nunca pero que siempre lo acompaña en las sesiones, rondaba por ahí hasta que se tumbó en una manta sobre el suelo de madera y, sin más lujos, se dispuso a dormir. Es su cama, es su mundo.

Yo pasé la noche tomando consciencia de lo mal que me voy sintiendo con mi cuerpo y de que debo corregir esta sensación. Desde hace unos años estoy engordando y no porque coma más que antes, sino porque devoro la comida con prisas y, con frecuencia, más para disolver la ansiedad que me produce la pirámide de cosas que ‘tengo por hacer’ que por hambre. Hay que comer con calma, con consciencia del cuerpo, de los alimentos, de los sabores… así uno ingiere lo justo, se nutre y no engorda. La idea occidental que se resume en la expresión ‘mi cuerpo y yo’ es un tremendo error de concepción, es el resultado de la neurosis colectiva en la que navegamos. Yo SOY mi cuerpo, no es ‘mi cuerpo y yo’ como si se tratara de dos realidades distintas. Si cultivo mi alma, soy alma además de cuerpo, pero en caso contrario soy simplemente el cuerpo y todo lo que va almacenando, y gracias a que soy cuerpo con dedos puedo teclear en mi MacBook esta entrega para ti, y gracias a que eres cuerpo con ojos puedes leerla, y gracias a que soy un sistema nervioso con funciones cognitivas puedo entender, y gracias a que soy oídos puedo escucharte. Creo que esta concepción de ‘mi cuerpo y yo’ es resultado de la cosmovisión cristiana en la que todo lo que sea corporalidad es pecado o casi. Parece que sólo cuenta el espíritu, y esto no es verdad.

También pasé la noche percibiendo con intensidad el inmenso amor que siento por mi hija. Es una pasada lo que la llego a amar. Traté de entender a su madre, delincuente sentenciada tras muchos juicios, por haber secuestrado a nuestra hija, por tratar constantemente de impedir la comunicación entre nosotros, por impedirme ejercer la patria potestad a pesar de mi interés y entrega por estar presente en la educación de la niña, delincuente por haber organizado un circo mediático con falsas acusaciones para desprestigiarme y obtener la custodia de nuestra hija cuando la tenía yo… A pesar de todo el mal que causa, intenté comprenderla por amor a nuestra hija, pero no lo conseguí. No tengo el alma tan limpia. Las madres que separan e impiden la relación entre los hijos y el padre —y hay muchas maneras perversas y sutiles de hacerlo— y las madres que usan a los hijos como arma contra el padre poniéndolos en su contra —y son numerosísimas las mujeres que lo hacen y demasiadas las jueces que no las condenan por ello, aunque está tipificado en Leyes que casi nunca se cumplen— son mujeres que no merecen el universal honor de ser llamadas ‘madres’, aunque lo sean en un sentido biológico y hayan parido hijos. Pasé parte de la noche buscando cómo hacer para disolver el agudo dolor que me causa el alejamiento de mi hija a la que tanto amo y por la que tan amado me siento, en cómo mejorar la expresión del amor que me despierta sin generar dependencia ni culpas en ella, en cómo compensar las constantes afrentas de su madre en mi contra sin que el mal alcance a la hija para que crezca sana.

Extraña es la semana que puedo hablar por teléfono con mi hija más de una vez, y para ello tengo que llamarla casi a diario a horas precisas porque la madre le impide sacar de su casa el teléfono móvil que le compré, aunque pasan el día fuera de la casa. En cambio, me llenó de bienestar sentir con intensidad el amor que me despiertan ella y mi esposa. Estoy seguro que en el momento de morir sólo cuenta el tiempo que hemos amado y que hemos sido amados.

Poco a poco fue pasando el efecto de la ayahuasca y, sin necesidad de decirlo, fue acabando la sesión. Los presentes empezaron a romper el silencio nocturno, sólo interrumpido durante las últimas dos horas por los cantos o ‘anent’ chamánicos que Juankª entonaba con energía repitiendo que “yo soy fuerte, soy poderoso, pido a los espíritus que son mis ayudantes que vengan y los voy a enumerar…”.

A medida que cambiaba la atmósfera y se disipaba la densidad de la ayahuasca, Clara (o Ishpinku), la esposa de Juankª, empezó a burlarse de mí y de ella misma, y a revolcarse por el suelo —literalmente— riendo con todo su ser. Es una burla sana, sin la menor acritud. De nuevo tiende sobre el suelo de la cabaña la manta que les sirve de cama a ella y a Juankª, la pone con un esmero exagerado al lado mismo del grupito que formamos en este pequeño cuadrado de unos veinte metros cuadrados de un solo espacio, y se ríe: “Mira José María, ésta es mi camita. Ven a acostarte conmigo, ven, —y se revuelca de risa—, ven para que veas lo dura que es. La próxima vez que vengas te acordarás de traer un colchoncito de esos que tenéis los blancos…”, y diciendo esto se retuerce de risa de nuevo rodando por el suelo. Todos reímos con ella sin poder evitarlo, es un humor tan puro que se nos contagia. No tienen nada. Su única propiedad es la desgastada ropa y las chanclas que visten, un par de machetes, la choza en la que estamos —“me costó 200 dólares”, comenta Juankª que la compró a otro indígena shuar, obviamente sin papeles— y un par de cacerolas ennegrecidas de tanto uso. Y ahora el ejemplar de ‘Los jíbaros’ que les he traído.

Para mí son un ejemplo encarnado de personas que viven el presente más absoluto, no poseen nada más que lo que necesitan para vivir de una forma tan humilde y desinteresada que es difícil de imaginar en Europa. Comen lo que les da la madre Naturaleza y cuando no les da nada, pasan hambre. Juankª me dijo sin el menor resentimiento que estaba mal de salud porque no tenía nada que comer y hacía días que sólo ingería un poco de yuca —mandioca.

Él debe tener alrededor de 75 años y Clara la misma edad. No tiene ni color el intentar comparar este par de gnomos ágiles, risueños, fibrosos y felices en su no-tener-nada, presentes e íntegros en cada instante de su vida, con las personas de edad similar que conozco en mi sociedad, la mayoría dormidas, absurdamente atascadas en tonterías y llevando una vida vacía con la nariz pegada a la máquina estupidizante —el televisor— y el cerebro apagado. También Juankª y Clara sufren, pero su sufrimiento es real y, como verdadero que es, les hace fuertes.

Sobre las 11 de la noche abandonamos la cabaña de esta pareja de almas de la selva y regresamos a Macas. Al tenderme sobre el confortable colchón de nuestra habitación del Casa Blanca recuerdo las palabras y las bromas de Clara que ya debe estar durmiendo sobre un duro suelo de madera, y contenta de que esta noche haya madera debajo de la vieja manta sobre la que se acuesta. Cuando están en la choza de caña de la selva, debajo de la manta sólo hay un estera y tierra húmeda.

Mañana viernes pasaremos el día en Macas, visitando de nuevo a Pichamª. Por hoy acabo aquí la entrega. Buenas noches.

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