Un paseo por la selva sin truco (5ª entrega del viaje a Ecuador)

2 de febrero.

El día siguiente de la sesión chamánica con Juankª en el centro Uyuntsa, lo tomamos de descanso en Macas, visitando amigos shuar, leyendo y escribiendo. Aunque parezca mentira, casi no tenemos tiempo para charlar Xevi, mi esposa y yo. Pasamos los días de viaje a pie, en bus, en taxi, a pie de nuevo, siempre en movimiento.

Al siguiente día de la sesión, jueves, ya recuperado el sueño que teníamos en deuda de la noche chamánica, nos levantamos antes de las 6 de la mañana y salimos para ir a visitar a Galo Pichamª, hijo de Carlos. Vive dentro de la selva, en una bonita casa que se ha construido en madera y obra con el techo de zinc. Nos acompañan sus hermanas Roxana y Martirio Pichamª —obviamente no se llama Martirio, pero le encanta quejarse por todo y le he puesto este apodo, que comprende perfectamente, para reír y para que deje el quejumbreo de lado.

Hace años que no veía a Galo ni a su esposa Inés porque dejaron su cabaña de madera en Sevilla y vinieron a habitar a este territorio selvático que les dio Carlos Pichamª. Os lo cuento.

Una de las genialidades de este anciano shuar es que, por allá los años 1960, cuando los shuar ocupaban mucho más territorio que el actual y los colonos mestizos iban avanzando y ocupando lo que consideraban ‘tierra virgen’ —aunque, naturalmente, estaba habitada por los indígenas—, el gobierno de la época quiso regularizar esta apropiación territorial y dictó una orden según la cual irían ingenieros estatales a la selva a reconocer lo que cada colono había tumbado de bosque virgen, fuera para cultivarlo o para criar ganado, y otorgarían al colono las escrituras de propiedad del terreno que cada uno hubiera trabajado. Los shuar no entendieron el sentido de esta nueva legislación: era un pueblo ágrafo, no sabían leer y menos entender leyes de los blancos sobre sus territorios ancestrales. Tan sólo un shuar entendió la película de los blancos a pesar de no saber leer: Carlos Pichamª. ¿Qué hizo? Con astucia, reunió a toda su familia y les invitó a ayudarlo a machetear el contorno de una extensión de 300 hectáreas, en la parte más bonita de este rincón de Amazonía. Tan solo el contorno. Cuando llegó el ingeniero estatal, Pichamª le condujo recorriendo el territorio que él había trabajado y enmarcado, y recibió escrituras de propiedad a su nombre. Durante décadas ha sido el único indígena con tierras a su nombre. Por ello, a medida que ha envejecido y con una enorme generosidad, Pichamª ha ido repartiendo esta enorme finca entre sus hijos e hijas, sobrinos, yernos… la mayoría de los cuales lo ha ido vendiendo. El bello lugar en que ahora vive Galo es parte de esta finca que su padre consiguió astutamente.

El resto del territorio shuar, y gracias a la acción y persistencia de un misionero salesiano austríaco llamado Juan Chukta, fue reconocido por el gobierno ecuatoriano como territorio de ‘propiedad comunitaria del pueblo shuar’, por lo pueden ocuparlo y explotarlo pero ningún indígena ha podido vender las tierras que habita porque son propiedad de la federación indígena.

Esta situación ha sido la salvación de los shuar… hasta ahora. Estos días me estoy sorprendiendo de que haya bastantes colonos mestizos que ya se han instalado en el territorio comunitario shuar. ¿Cómo diablos lo han conseguido? Hay grietas en la ley de otorgamiento territorial a la federación indígena, y ha pasado que algunos colonos llegaban a un acuerdo con un indígena para comprar el terreno en que habitaba, luego pagaban abogados para que dieran la vuelta a la ley y el shuar firmaba las escrituras de los terrenos a nombre del colono. Esto que empezó hace 4 ó 5 años de forma puntual y muy mal vista, ahora se ha convertido en un alud de ventas de parcelas del territorio indígena a los colonos, y es lo peor que puede pasar a los shuar.

Cuando un shuar tiene su territorio, aunque ya no haya cacería para su supervivencia, puede cultivarlo, criar gallinas y pollos, algunas reses y sobrevivir con todo ello, sobrevivir sin dinero. Pero cuando se queda sin tierra, el hambre y la muerte le esperan a la vuelta de la esquina, especialmente si es una persona mayor y ya no está en disposición de adaptarse a la civilización occidental, ni tan solo como mano de obra barata. Ahora sí, sí preveo que el mundo y la cultura shuar tienen los días contados. Y les quedan pocos días.

Cada vez que desaparece una cultura engullida por el mortal proceso de mundialización, es una tragedia para toda la humanidad, aunque la mayoría esté pegada a esta plaga que son las puñeteras pantallitas y no se dé la menor cuenta. Cada forma de cultura, cada etnia, como cada especie animal o vegetal, es el resultado de siglos o milenios de adaptación y evolución, es una forma única de vida que jamás se volverá a repetir. Cada cultura y cada idioma conforma a los seres humanos siendo una ‘forma de ser humano’ que desaparece. Cada desaparición de una cultura es algo deplorable intelectual y emocionalmente.

La globalización comporta cosas buenas, como que yo pueda escribir este diario y, si es que te interesa, tú lo puedas leer en cualquier lugar de la Tierra casi al instante de poner yo el punto final en esta mesa de Conocoto donde estoy escribiendo. Pero tiene otra cara diabólica: cada día somos todos más iguales, es todo más aburrido y todo está determinado por un puñado de personas que cada vez controlan más nuestra vida.

En la naturaleza se puede morir de éxito cuando una especie se instala en un ecosistema, se adapta maravillosamente y lo explota hasta el punto de acabar con los nutrientes que ella misma necesita para sobrevivir. No sé si soy tremendista al pensarlo, pero siento que la especie humana pronto morirá de éxito al exterminar toda otra forma de vida que no sea la occidental. Bien, dejo este tema aquí.

Volviendo a Galo y nuestra visita. Sólo vernos, salta de alegría y recuerda el viaje que hizo a España hace más de una década, cuando lo invité a impartir unas charlas sobre el uso de enteógenos entre los shuar en un curso de verano de la Univ. de San Carlos de la Rápita. Fue épico, os lo aseguro. Si queréis saber más, os remito a mi último libro ‘Los Jíbaros, cazadores de sueños’. En seguida cocinan yampaco de bocachico y nos lo ofrecen. El bocachico es un pez antediluviano que se cría en estos ríos, con placas en lugar de escamas, los shuar los pescan y les encanta su carne. El yampaco es una forma de cocinar los alimentos simplemente envolviéndolos en hojas grandes y verdes de una variedad de banano, y poniéndolo sobre el fuego. Las hojas se chamuscan y calcinan, y lo de dentro se cocina en su propio jugo. Queda exquisito.

Comemos todos, reímos un rato, bebemos chicha y decidimos ir a caminar unas horas por la selva para que Myriam y Xevi sientan lo que es andar por una jungla de verdad, sin recorridos trucados para que los turistas no se pierdan. Es temprano y nos acompañan y guían Roxana y Martirio.

Nos adentramos abriendo paso por en medio de una vegetación tan espesa que si la persona que va delante se aleja unos 4 ó 5 metros, la que va detrás la pierde de vista y no sabe por donde continuar. La selva es muy peligrosa porque es facilísimo perderse, como os explico más adelante. No hay puntos de referencia, más que los ríos cuando se sigue el cauce de uno. La vegetación es compacta hasta oscurecer la luz del día. Imaginaos que para hacer fotos, aunque sea en pleno día, con frecuencia hay que usar el flash dentro de la selva. No hay caminos marcados. Los shuar reconocen los senderos indicados por señales ínfimas e invisibles para uno que no se haya criado en la selva. Por ejemplo, una ramita rota en medio de un océano de ramitas, hojitas y raicillas indica que alguien ha pasado por allí, puede ser una indicación de estar en la buena dirección. Por suerte estamos en la estación seca y el suelo es firme en casi todas partes, a diferencia de la estación de lluvias en que la superficie de la tierra es un colchón de lodo en el que, a cada paso, hay que desenterrar el pie hundido entre 10 y 30 cm. Es agotador. Con la selva no se juega, os lo aseguro. Es más fácil perderse en la jungla que en el mar, ya que en el mar uno siempre puede levantar la cabeza y buscar el norte astronómico, la Estrella Polar en el norte o la Cruz del sur en el sur, pero en la selva no hay ningún punto de referencia.

Llevamos una hora marchando y empezamos a estar cansados. Myriam camina feliz con su nuevo machete cortando ramas aquí y allí. Hace un rato se ha girado y me he dicho contenta: “Ya sé cómo se hace para abrir paso”, y acto seguido ha cortado una liana que hasta hace un momento se le escapaba. Xevi camina con la cámara en la mano tomando imágenes de la maravilla que atravesamos. De vez en cuando me pide que me detenga para avanzar él un trecho y filmarme de frente caminando por la espesura. Si alguna vez llega a realizarse este documental sobre la larga relación de amistad entre Pichamª y yo, y la entrada de la ayahuasca en Occidente, y si además lo vais a ver   —no os lo perdáis, seguro que será un buen documental— tal vez el director escoja alguna de las imágenes que ahora os describo.

Roxana y Martirio van delante abriendo paso. Nos acercamos al cauce del río Yaupi, y nos sentamos sobre unas rocas viendo pasar el agua. Este río alcanza a tener unos 20 m. de anchura, y ahora no baja caudaloso. A pesar del muy relativo riesgo de pisar una raya de las que electrocutan, o de que alguna serpiente de agua nos muerda, me desnudo y me sumerjo en el cauce sin alejarme mucho de la orilla en que estamos. Antaño, cuando vivía en esta selva, lo hacía a diario para lavarme y afeitarme, y ahora no podía dejar pasar la oportunidad de revivirlo. Lentamente el resto de esta fraternal expedición también se medio desnuda y se mete en el agua, excepto Roxana y Martirio, los shuar nunca se desnudan, por lo que se meten en el agua vestidas. Myriam descubre un cangrejo de agua dulce, es grande como su mano y de color gris oscuro, como las rocas que lo protegen. No alcanza a cogerlo. Pasamos un buen rato, explicando anécdotas y leyendas shuar sobre los cangrejos, y sobre las anacondas que viven en estos ríos. Hace poco, unos soldados atraparon una cuyo cuerpo medía más de 10 m. de largo y 1 m. de diámetro. Vaya gigante. La acabaron soltando porque no podían cargar con ella.

Al cabo de una hora y media de caminar, tenemos que cruzar un tronco caído que hace de puente para salvar una cañada. Todos pasan y siguen, voy el último. Xevi se detiene una vez pasado este primitivo puente, y grita para que me espere a pasar, que quiere filmarme. Me espero. Cuando me da la señal retomo la marcha y, queriendo quedar elegante para la película, resbalo como un idiota por encima de tronco y me doy un costillazo de cuidado. Pero como me está grabando, me levanto del fondo de la cañada donde he ido a parar, subo arañando las paredes de lodo y sigo andando como si la cosa ni fuera conmigo. El resultado es que pasado un rato empezó de dolerme el lado derecho del cuerpo, cada vez me fue doliendo más hasta que Myriam cargó la mochila que yo llevaba y me dio un bastón largo que había cortado para que me apoyara.

Para mayor agradecimiento al Señor, al cabo de un rato de caminar apoyado en el bastón y sufriendo a cada paso, descubrimos que Roxana y Martirio se habían perdido. Como os decía, caminar por la selva es realmente muy peligroso. No estaban asustadas pero sí preocupadas.

Estuvimos casi 5 horas haciendo eses por la selva, buscando un río que les sirviera para orientarse, yendo y viniendo por los mismos parajes, y yo centrado en el dolor en el lado derecho de mi cuerpo para no dejar que me abatiera. Tuve suerte que en la Escuela de Vida practicamos un ejercicio de meditación caminando al que llamamos la Marcha de la Paz. Hace más de diez años que lo practico tres o cuatro veces por semana, y cuando el dolor empezó a apretar y a sumarse al agotamiento, me centré en la Marcha de la Paz, controlando la respiración y los pasos, y conseguí salir de la espesura. Ayer, ya en Quito, fui a un médico y resulta que tengo una costilla flotante rota o fisurada, no necesitó ni hacer una radiografía. También lo supuse, ya que hace unos años me rompí dos costillas de la izquierda y es el mismo tipo de dolor. Si nunca os habéis roto una costilla o habéis sufrido un cólico nefrítico, no sabéis lo que es dolor. En menos de 3 meses he pasado por ambas experiencias, así que espero que no se repita nunca más. No hay nada a hacer, más que reposar y tomar algún analgésico.

Una vez salidos de la espesura nos encaminamos hacia una pista ancha, ahí llamamos a Giovanny, el inteligente taxista que nos presta servicio, y regresamos a Macas después de acompañar Roxana y Martirio a sus respectivas casas.

 

PD.- En relación al documental de que hablo más arriba, ya está prácticamente acabada la grabación de imágenes en Europa y en la Amazonía. Se añadirán imágenes que grabé hace 22 años, hace 15 años y hace 10 años a las actuales. O sea, será un documental filmado a lo largo de más de dos décadas, en el que se ve cómo los personajes van envejeciendo, sin maquillaje. Tenemos el guión, de la banda sonora se va a encargar… (bueno, no puedo decirlo pero es alguien muy conocido de la música moderna), y ahora estamos recabando el dinero que falta para acabar la edición. Si alguno de vosotros se anima a hacer de coproductor puede escribirme a este mismo perfil o al c/e que aparece en la web de la Fundación J.MªF. Será un documental de hora y media, para proyectar en cines, buenísimo, interesante, honesto y entretenido, os lo aseguro. Y si no es para tanto, por lo menos será bueno.

 

 

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