Una semana pasa rápido. Encuentro a Pichamª y Juankª (3ª entrega del viaje por Ecuador)

Ya estamos a viernes 29 de enero. Llevamos casi una semana en la Amazonía y no ha pasado una sola hora vacía de nuevas experiencias. Hasta ahora no he tenido el tiempo para escribir esta entrega.

La semana pasada fue mi cumpleaños y lo celebré en Quito haciendo una mini fiesta acompañado por un curioso y entrañable grupo de amigos. Estábamos en casa de Catalina S. y Juan M. e invité a Am., la hija de Catalina, a quien conozco desde que era púber y hoy ya es profesora de universidad; invité a Conny, una amiga colombiana que está en Quito cursando un doctorado en ciencias políticas, y a Margarita C., otra amiga ecuatoriana que estuvo viviendo varios meses en el campus Can Benet, Barcelona, quien también está acabando su doctorado, además de un libro sobre un tema loco que no acabo de entender: la homosexualidad en la heterosexualidad y su peso en la marginalidad de la política nacional ecuatoriana. Sí, sé que es una contradicción o una paradoja, no sé, pero es el tema. Si conocierais a Margarita C. no trataríais de comprender más.

Para redondear, Pepe J., vicerrector de la Univ. Politécnica Salesiana, amigo desde hace mucho tiempo, es quien, tras leerlo con lupa para evitar despropósitos, ha admitido la publicación del libro en la editorial universitaria. Da la sensación que todo queda en casa, es una sensación muy agradable que he sentido siempre en Ecuador.

El pasado sábado viajamos de Quito a Macas, el pueblo —aunque los macabeos lo llaman ciudad— que se considera la puerta a la selva amazónica. Decidimos coger el autobús en lugar de un vuelo interno para que Myriam y yo pudiéramos disfrutar del cambio paulatino que se experimenta al bajar de las sobrias y frías alturas andinas a la cálida, húmeda, selvática, sorprendente y tropical Amazonía.

Hace tan solo una década, este viaje en bus —viaje que no llega a los 400 km.—duraba 16 agotadoras horas por caminos estrechos de lodo que iban descendiendo por las laderas andinas hasta el pie de monte amazónico. Con frecuencia había buses que se desplomaban al barranco, otras veces había desprendimientos de tierras y la vía quedaba cortada por días. Los buses eran muy ruidosos y con los asientos rotos, los amortiguadores estaban soldados para evitar que se rompieses, las portezuelas plegables solían estar atascadas y el olor de estos buses, mezcla la dulzor de fruta tropical, acidez del sudor humano, gasoil, y algo mas de fondo que resulta indescriptible, era inolvidable. Además, los ríos que interrumpían el recorrido de la pista de tierra, el Pastaza y el Upano, carecían de puentes, solo había pasarelas colgantes. Al llegar a una orilla, los pasajeros debían bajar del bus con sus pertenencias a cuestas y cruzar la pasarela caminando; luego el vehículo pasaba lentamente por el puente colgante, procurando que las ruedas no salieran de las maderas puestas en hilera para ello; al llegar a la otra orilla paraba, los pasajeros subían de nuevo y el viaje continuaba entre bache y bache hasta el siguiente río. El mero bajar de la capital ecuatoriana a la selva —a la que los nacionales llaman ‘el Oriente’— hasta hace diez años era una genuina y arriesgada aventura.

Actualmente, la carretera es ancha y asfaltada, y han construido puentes de obra que soportan hasta camiones —aunque en más de una ocasión, las crecidas tropicales de los ríos han arrasado estos puentes que ha habido que construir de nuevo— con lo que el trayecto sólo dura 6 horas con razonable comodidad. Hoy es un viaje entretenido de paradas constantes, vendedores ambulantes con todo tipo de comida local que suben y bajan, los muchachos lo usan de transporte escolar… todo un mundo sobre ruedas que permite observar con detalle el cambio de vegetación a medida que se desciende desde los 2.900 m. de Quito a la altitud amazónica, se experimenta el drástico cambio de paisaje, de clima y del carácter y modo de hablar de la gente que va subiendo y bajando. Empezamos el viaje rodeados de andinos, quichuas y mestizos urbanos; acabamos el viaje rodeados de indígenas amazónicos shuar y de mestizos granjeros y campesinos.

Macas está a 1.000 sobre el nivel del mar y la temperatura media es de 22ºC, perfecta para vivir todo el año. En cualquier chiringuito ofrecen sabrosísimos jugos de fruta hechos al momento: babaco, naranjilla —un crítico local diferente de la naranja—, mora, papaya, limón, lima, tomate de árbol —fruta roja y dulce, distinta al tomate para ensalada conocido en Europa—, frutilla —a lo que llamamos ‘fresa’—, piña y hasta de frambuesa y avena. En Macas nos instalamos en el hostal Casa Blanca, mi casa en estas latitudes. Es un hotelito muy agradable, sencillo, silencioso y limpio. Hace años que me instalo aquí cada vez que vengo, y desde aquí organizo mis entradas a la selva y mis estudios. Es mi casa y centro de operaciones. Los indígenas, cuando saben que ando por aquí, vienen a buscarme directamente aquí. Mi habitación favorita es el 117, al fondo del jardín. A Myriam —mi esposa— le produce una sensación entrañable llegar por primera vez a este rincón de mundo y saber que muchos amigos con los que compartimos dimensiones espirituales muy íntimas han estado en esta misma habitación, durmiendo en estas mismas camas, tal vez hasta entre las mismas sábanas. También mi hija Adriana estuvo alojada aquí hace 3 años, en un viaje inolvidable.

Llegamos el sábado pasado a Macas, a media tarde. Dejamos los bártulos en el Casa Blanca y en seguida nos dirigimos a Sevilla don Bosco, el poblado shuar a 7 km atravesando el gran río Upano. Si queréis saber más de la etnia shuar —en Occidente ‘jíbaros’; a ellos les resulta tan insultante esta denominación como a los catalanes que nos llamen ‘polacos’ , pero ambos pueblos tenemos el sentido del humor necesario para reírnos de nosotros mismos— podéis leer la obra que acabo de publicar ‘Los jíbaros, cazadores de sueños’ (ed. Liebre de Marzo, Barcelona). El poblado o centro shuar fue bautizado con este nombre, Sevilla, porque se levanta aproximadamente donde en 1580 hubo el asentamiento castellano ‘Sevilla de oro’, creado bajo el reinado del Felipe II, que acabó cuando los indígenas de la época, hartos de las exigencias de los ocupantes, se levantaron contra ellos, atraparon al capitán del destacamento y, ya que quería oro y más oro, le llenaron el cuerpo del áureo metal fundido. Aunque esta historia se estudia en la escuelas, probablemente es puro mito ya que tanto entonces como ahora, los shuar carecen de la tecnología para fundir oro.

En Sevilla vamos directos a casa de Roxana P., mi comadre, donde nos está esperando su hija mayor y ahijada mía, Marianela, la propia Roxana y su hermana Dominga. Tras dos años de no vernos, nos regalamos abrazos, alegría y en pocos minutos de risueñas burlas mutuas se establece un contacto fluido de corazón a corazón. Los shuar son especialistas en burlarse de los demás, es su tema predilecto de conversación para reír. Les encanta reír. Burlarse de los demás no es criticar con acritud, es simplemente buscar motivos para reír.

Cuando Roxana me ve llegar con mi reciente esposa, lo primero que me dice ante ella y de forma ostentosa, es: ‘¿Ya has botado (tirado) a tu otra mujer? ¿Y cuánto ha de durarte ésta? Con lo bonita y fina que es ¡No la botarás! Y tú Myriam, debes cogerlo fuerte para que no te deje como ha hecho con sus otras mujeres’, seguido de risas chispeantes por parte de todos los presentes, excepto de mi esposa que aun no está acostumbrada a este tan descarnado como saludable humor.

Pasamos la primera tarde y todo el día siguiente de nuestra llegada a la Amazonía en Sevilla don Bosco visitando amigos indígenas, riendo con ellos y preguntando por las novedades de cada familia.

El lunes de esta misma semana, el pasado 25 de enero, llegó a Macas el amigo Xevi C., guionista de cine, fotógrafo y cámara. Viene a grabar más imágenes para complementar el documental que estamos realizando sobre la larga amistad entre C. Pichamª y yo, y la entrada y uso de la ayahuasca en Occidente, ambos temas relacionados. C. Pichamª es un anciano shuar de unos 95 años de edad —no hay registro de su nacimiento, así que su edad exacta es una hipótesis—   y nos une una profunda y fraterna amistad desde más de dos décadas atrás. Gracias a él, puede acceder a chamanes shuar, como P. Juankª, reacios al contacto con los blanco, realizar las investigaciones antropológicas y etnopsicológicas que hice hace años, y aprender el arte de moverse por ‘esos mundos de la luz, de la verdad y la energía’ a los que acceden los chamanes shuar.

Con C. Pichamª sucede lo mismo que con Roxana, al instante de cruzarse nuestras miradas nos sentimos cerca y fraternalmente unidos, como si no hubieran pasado dos años desde mi última visita a su casa de madera sin desbastar.

Me doy cuenta que está bastante más sordo y ha perdido vista desde la última vez que nos encontramos aquí mismo. Hace unos meses sufrió un ictus facial y un ataque al corazón, se ha rehecho de forma admirable   —y más con los escasísimos recursos médicos que tiene— aunque con claras pérdidas sensoriales a pesar de su indescriptible fortaleza. No es grave entre nosotros, simplemente grito más para hablarle. Tiene la mente tan brillante como siempre y su presencia impone. Desde Macas hemos traído comida, un atado de cangrejos de manglar que sé que le encantan a C. Pichamª, un saco de arroz, carne de cerdo y unas cervezas, así pasamos amistosamente el día. Llevar y ofrecer regalos es el paso universal para solicitar ser bien recibido, luego el anfitrión lo concedo o no.

Llamo un taxi de caja abierta y con mi esposa, Xevi, C. Pichamª y su hija Dominga nos trasladamos al centro Uyuntsu, a más de media hora de camino en vehículo. No íbamos a buscar a P. Juankª, sino sólo a preguntar por el anciano chamán —‘uwishín’ como lo denominan— amigo de C. Pichamª y mío. En este poblado, en Uyuntsu, suele estar alguna de sus hijas, y el chamán y su esposa suelen pasar dentro de la selva, lejos de todo poblado.

Tras saludar a su hija, me quedé pasmado al ver salir de una de la chozas para recibirnos al propio P. Juankª. El impacto me dejó estupefacto y sin reacción, ya que no lo reconocí a la primera. Juankª tiene aspecto de estar muy enfermo, ha envejecido mucho en dos años, está calvo -y no lo era-, ha perdido la presencia que tenía y que transmitía la fuerza y astucia de la selva cristalizadas en él. Estuvimos 20 minutos con él, y el taxista nos recordó que se marchaba, con lo cual nos apuraba a regresar con él, como habíamos quedado de entrada, o a abonarle el trayecto y quedarnos. No, nos vamos. Quedamos con P. Juankª para regresar al día siguiente, martes, y tomar ayahuasca en su choza. Luego regresamos a Sevilla do Bosco y conversé con C. Pichamª sobre P. Juankª. Algo no me gustó de los cambios que observé en él.

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