Mi futuro, el de mis hijos y el tuyo

Hay un tema que me genera interés y preocupación, lo observo y lo estudio a diario a mi alrededor, despierta al antropólogo y al ser humano que respira a través de mí. Me refiero a la relación entre el sufrimiento anímico individual y lo que está ocurriendo ahora mismo en lo que llamamos la mente colectiva -hay que entender la sociedad como un gigantesco organismo con vida propia. Me hipnotiza el punto de conexión que hay entre los potenciales que nos da la vida humana en tanto que individuos, y lo que nos viene dado por el grupo. ¿Dónde empieza lo uno y acaba lo otro? ¿Hay una línea o es una interacción constante? Si Bach o Einstein hubieran sido españoles o italianos ¿habrían creado los inmortales monumentos del pensamiento que crearon?
Alguno puede preguntarse si es que pretendo hacer un psicoanálisis colectivo. No, no es esto. Lo que pretendo está más cerca de averiguar dónde empieza la neuroplasticidad humana en relación a los valores para tratar de incidir ahí. Busco ese punto donde empiezan a crearse nueva conexiones generando un sistema nervioso diferente, más orientado hacia los propósitos de la existencia que al pasado. Podríamos pensar en una ciencia que ya está inventada y que se llama proxemia —la ciencia de lo posible—, pero tampoco es esto. Prefiero llamarlo una psicología y una antropología de los potenciales y de los propósitos humanos. No me interesa el futuro sino la ‘futurabilidad’, por así decir.
De entrada, podemos afirmar que todo es posible en el cerebro y en la mente humana, pero que si no sale de ahí, si no lo expresamos, aquello que generamos en la mente puede —y suele— convertirse en sufrimiento. En otras palabras, lo que más me interesa —hasta haberlo convertirdo en mi meta para esta vida— es ayudar a desarrollar las potencialidades y acelerar la evolución humana, y el despliegue de estos potenciales está basado en la comunicación y en el amor. En una comunicación real, fluida y precisa, y en el amor como forma básica de conducta surgida del esfuerzo por reconocer al otro o a la otra.
Por ejemplo, si pienso en el sufrimiento me viene a la cabeza la imagen de una fábrica con miles de obreros anónimos atados durante horas a largas cadenas de montaje, o pienso en los 65 millones de seres humanos que, en los últimos cinco años, han sido cruelmente forzados a dejar sus hogares, a abandonarlo todo y a deambular por la tierra sin rumbo y sin un futuro razonable al que aspirar.
Por otro lado, si me centro en la mera cuestión del trabajo resulta que es algo infinitamente más complicado hoy que hace tan solo 20 años. Por tanto, el movimiento obrero y las reclamaciones de los trabajadores, o bien deben adaptarse a esta complejidad —de lo que no parecen muy capaces— o bien seguirán dando palos para reivindicar sus derechos como en el siglo pasado, sólo que ahí donde iban a presentar sus protestas ya no hay nadie. La actividad laboral actual, como afirma el filósofo Franco Berardi, es cada vez más un trabajo cognitivo.
Un ejemplo maravilloso y puntual: mientras escribo esto, acaba de llegarme un correo electrónico; es un mensaje de la empresa Avon que dice: “¡Sé tu propia jefa! Desde casa sin horarios y a tu ritmo. Formarás parte de la comunidad Avon”. Es obvio que hay un engaño pero ¿Dónde está? Es cierto que serás tu propia jefa, es decir que no tendrás nadie que te dé órdenes… ni nadie a quien quejarte. Y es cierto eso de “sin horarios y a tu ritmo”, pero eso significa que trabajarás todo el día a un ritmo estresado para obtener unos beneficios probablemente bajos, además de tener que pagar la electricidad, la conexión a internet y todo lo demás que necesites para trabajar “desde casa”, con lo que probablemente convertirás tu acogedor hogar en una oficina sin horarios.
Trato de explicarlo de otra manera. Hasta la época histórica reciente que acabó en la segunda mitad del siglo XX, el trabajo se daba en el mundo industrial, es decir la alienación se producía en las horas de trabajo e implicaba que durante estas horas la gente sufría la separación de sí misma, de su sentir, de su hogar, de su corazón. Por así decir, se trabajaba con el cuerpo y con un poquito de actividad mental, sólo un poquito. El resto de la actividad mental, así como las emociones, el amor y la espiritualidad quedaban en suspenso durante aquel tiempo que se pasaba en el espacio industrial. Por eso se decía que la gente estaba alienada en su trabajo. Actualmente, la alienación es muy diferente porque nuestra actividad mental no puede elegir: está continuamente explotada. También las emociones se focalizan en el trabajo y en el consumo. Así por ejemplo, compramos productos inútiles camuflados bajo el manto “ten una nueva experiencia” y similares, esperando que nos despierten las emociones embotadas; o bien convertimos el trabajo una la experiencia tipo: “Formarás parte de la comunidad Avon”. Desde luego, debe tratarse de una comunidad maravillosa para ofrecerla como incentivo de la explotación laboral.
Así que la palabra alienación que parecía pasada de moda, está volviendo a ser usada y el fenómeno de la alienación se presenta hoy como una hiperexplotación de la gente a la que se roba lo que es más humano: la emocionalidad.
Por otro lado, resulta que la relación entre la actual precariedad laboral y el trabajo cognitivo produce un efecto terrible al que llamamos “angustia”. Conozco personas con buena preparación profesional a las que contratan a diario, para un sola jornada de trabajo, y así un día tras otro, sin saber nunca si al día siguiente estarán empleados y trabajando, o pasarán el día en casa esperando a que los llamen —y resulta que quien actúa así es el propio Estado español que prohíbe este tipo de contratación a la empresas privadas. Así es imposible prever nada y cuando no podemos prever, nos asalta el sufrimiento al que primero llamamos “ansiedad” y cuando pasa al cuerpo y duele ya lo llamamos “angustia”.
La precariedad es lo que impera en el mundo laboral actual. Y la precariedad laboral es el resultado de una grave indefinición jurídica entre el trabajador y la empresa, y llega hasta lo más profundo de la psique de la gente. Podríamos decir que la precariedad aceptada —porque no queda otro remedio— es una forma actual de despersonalización, de deshumanización.
¿Cuándo y dónde surge esta alienación tan extrema y perversa? Ha nacido en la segunda mitad del siglo XX a raíz de la fusión del mundo laboral con las nuevas tecnologías de comunicación. Este perversa unión hace que toda la vida de las personas, toda, esté involucrada con el trabajo y sea valorada desde la productividad. Las comunicaciones digitales y los ordenadores portátiles nos hacen estar todo tiempo pendientes del trabajo. Y lo que es peor, se trabaja bajo la presión de una competitividad constante, la gente siente la relación con los demás como algo peligroso, cuando antes era lo contrario: “Todo el mundo es mi posible competidor, porque el trabajo no se limita a las ocho horas como en el siglo pasado”.
Antes, todo el mundo tenía claro contra quién había que luchar, a quién había que pedir mejoras: al patrón. Ahora no está nada claro. ¿Cómo y contra quién combatimos? Bueno, combatir no es una buena palabra para usar en la Escuela, no es buena. Hasta hace unas décadas, el lugar físico que ocupaba el poder, es decir, el patrón o el dirigente, era claro —por ejemplo, el Palacio Real de El Pardo, donde vivía F. Franco—, y también estaba claro el lugar político o identidad social de cada persona, el patrón era el que tomaba decisiones, políticamente era de derechas y si las cosas iban bien ganaba mucho dinero que dejaba a sus herederos. Ahora es totalmente indefinible. ¿Quién toma las decisiones importantes en las grandes multinacionales? ¿Qué más da dónde viva el actual presidente del gobierno? La mayoría ni lo sabe.
El poder político y empresarial de hoy no se ubica en un lugar físico, sino que es ‘una relación que se insinúa’ y si uno busca suele encontrarse con un espejo en forma de leyes y normas que parecen devolverle la imagen y que le dan el poder a uno mismo. En consecuencia, la actual situación laboral logra que casi nadie se sienta parte de un corpus solidario, casi nadie logra reconocer ni nutrir una atmósfera de solidaridad en su lugar de trabajo. Otro ejemplo, es el estilo de contrato que tienen los dependientes de muchos grandes almacenes, tipo El Corte Inglés, en los que la ley es de todos contra todos.
Y ahora la pregunta del millón que tal vez pueda devolvernos algo de lucidez: Bueno, ¿qué hacemos? ¿Se puede combatir este entramado? Sí, se puede, y jamás hay que decir que es demasiado tarde. Hay un camino de salida a través de redes de amistad y de solidaridad. Creo que la amistad es la única manera de salir airosos de la actual condición de explotación laboral y deshumanización extrema que hemos creado en Occidente.
El mismo Franco Berardi afirma que la política de los tiempos que se acercan es una política de amistad. Entonces, se me ocurre que no es siquiera política, sino que es una especie de terapia social.
Con frecuencia —cada vez con más frecuencia— acuden a mi consulta pacientes a los que no puedo ayudar seriamente desde el nivel individual porque su mal es social. De ahí el interés que comentaba unas líneas más arriba. Por mencionar un ejemplo: llega una joven de 29 años, sin trabajo ni posibilidad de encontrar más que ocupaciones-basura mal pagadas y sin continuidad, está angustiada, tuvo un hijo a los 26 de una relación accidental y lo cuida a medias con su madre, cuando puede toma drogas para adormecer su consciencia, no ha conocido ningún modelo humano que le transmitiera valores constructivos y firmes para su vida, no ha desarrollado recursos psicológicos para instalarse en el mundo y focalizar su vida, tales como fuerza de voluntad, temple en el carácter, astucia y visión de futuro. No ha desarrollado habilidades profesionales ni sociales. Honestamente ¿Cómo puedo ayudarla a aliviar su angustia? Su mal no es individual, es de la sociedad en la que navega sumergida hasta el cuello en la confusión. Por eso tienen tanto falso éxito los psiquiatras, porque recetan psicomaquillajes químicos a personas que dejan de estar angustiadas por un momento, pero como probablemente nunca encontrarán una forma de vida enraizada, ni una salida laboral digna ¿Qué hacer cuando pasa el efecto de los comprimidos?
Mi trabajo está dedicado esencialmente a eso, a crear y desarrollar un método terapéutico que no sea individual, una terapia que no se mueva en el mundo descrito por Freud y sus discípulos donde hay una consciencia y un inconsciente. El psicólogo italiano Massimo Recalcati dice que hoy en día, el inconsciente ha explotado porque hay un universo paralelo, hay otra consciencia colectiva que no es humana: es el mundo en red. El ser humano occidental, establece su relación con el universo a través de las redes que se insertan en todos los rincones de la vida cotidiana y en las comunicaciones íntimas, hasta convertirse en el inconsciente contemporáneo. Es un inconsciente que ya no está en el interior del individuo pero que lo domina como el propio inconsciente determinaba el destino individual.
En los último años, en Europa hemos sido testigos de varios movimientos sociales llenos de entusiasmo y de buenas intenciones que han llegado a tener un cristalización política —por ejemplo el 15-M o el gobierno de Grecia— para, acto seguido, constatar perplejos que la política en Europa es un campo donde se pone de manifiesto la impotencia. Así, por ejemplo cuando Tsipras, con el apoyo de los ciudadanos griegos, intentó sacar Grecia de la situación de crisis y de la inhumana explotación financiera que sufría por parte del resto de Europa, no consiguió que funcionara. No funcionó. El problema es que, a pesar de las apariencias, no se trataba de una cuestión política. La idea clásica de política ya no puede captar la esencia de lo que es hoy Europa.
Antes había unas reglas sociales que todos aceptábamos y que se resumían en una negociación entre unos y otros para regular la convivencia. Y si uno no estaba de acuerdo, sabía contra quién tenía de pelearse. Pero en 1979 llegó al poder el neoliberalismo encarnado en la figura de M. Thatcher, cuyas frases eran un anuncio de lo que está pasando. Por citar algunas perlas de la Dama de Hierro: “Nadie se acordaría del buen samaritano si sólo hubiera tenido buenas intenciones. También tenía dinero”, “El socialismo fracasa cuando se les acaba el dinero… de los demás”, o “El hogar es a donde vienes cuando no tienes nada más que hacer”, y con ella se puso de moda la palabra “desregulación”, concepto clave del neoliberalismo. Significa que se acabó la regulación consensuada y más o menos razonable. Esta mujer impuso el vivir sin reglas, y las reglas dejaron de ser el resultado de una decisión política y consensuada. ¿Actualmente no hay reglas políticas? No. Las reglas actuales, como han comprobado los griegos en sus carnes, son lo que se puede denominar un automatismo financiero. Las autoridades políticas a las que votamos ¡no deciden nada! Están en quinta o sexta línea de poder, se limitan a aplicar reglas impuestas desde fuera de su campo de juego.
Nos enfrentamos a una situación en la que ya no se da un combate político real, y la palabra para definir lo que Tsipras intentó hacer es: impotencia. Esa es la realidad social de nuestro tiempo. Ni Obama, el supuesto hombre más fuerte del país más poderoso de la Tierra, puede. De ahí su lema: “Sí, podemos”, pero no puede cerrar la cárcel de Guantánamo, ni prohibir la libre venta de armas, ni…
Pero no debemos permitir que el desaliento nos invada. Lo que tenemos que hacer es no confrontar la potencia política contra la monstruosa maquinaria del automatismo financiero. Lo que debemos hacer es desprogramar la máquina que nos ha llevado al estado actual. Y lo podremos hacer todo si somos capaces de volver a crear redes y realidades basadas en la amistad inmediata y en la solidaridad. Al monstruo lo hemos construido entre todos —ingenieros, informáticos, obreros, peluqueras— y podemos reconstruirlo y redirigirlo.
Digamos que el problema se refleja en las condiciones en las que trabajan los ingenieros y los artistas, son condiciones de competitividad. Actualmente, ingenieros y artistas, por ejemplo, no pueden trabajar juntos porque se considera que son universos separados y enemigos. Y no es cierto. Si logramos añadir una “condición de amistad” en el trabajo en red lo podemos todo. ¿Pueden esas mismas redes de internet ayudar a esta sublevación de la amistad y la solidaridad? La respuesta es que sí. Si hay una máquina hipercompleja es Internet, y la red es el resultado del trabajo de millones de trabajadores cognitivos en todo mundo. Claro que sí, podemos. La dimensión reticular es donde el trabajo cognitivo puede desarrollarse, e Internet no es sólo una tecnología, es una condición comunicacional que tanto nos permite conectarnos como nos lo impide.
La amistad real entre personas reales es el placer compartido de cultivar la relación con el cuerpo y el alma del otro. Franco Berardi pregunta: ¿Cómo re-erotizar la comunicación social? Lo que para mí significa ¿Cómo hacerla atractiva y cargada de verdaderas emociones? ¿Cómo recuperar la autenticidad de las experiencias? Aunque parezca que hablo de otro tema, ese es el verdadero problema político que enfrentamos hoy y si no lo resolvemos no hay futuro; hay una imagen automática y vacía del futuro cuando, en realidad, hay una pluralidad de futuribles posibles. Tenemos que despertar nuestra creatividad partiendo de esta pregunta ¿Cuáles son los futuros posibles? ¿Qué futuro quiero para mí y para mis hijos? ¿Cómo poner la semilla a germinar? Y la respuesta pasa por revitalizar la amistad verdadera y por la solidaridad. O no quiero ni imaginar el futuro de los automatismos financieros.
Dr. Josep Mª Fericgla

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s