Ayahuasca, depresión y soledad

USO DE AYAHUASCA EN PSICOTERAPIA
J.Mª Fericgla está ultimando su próximo libro que está previsto para salir a inicios del 2018. Aquí compartimos con vosotros una parte del capitulo dedicado a… lo que indica le título. ¡Que lo disfrutéis!
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I. AYAHUASCA, DEPRESIÓN Y SOLEDAD
En la actualidad se observa una corriente planetaria caminando con ímpetu hacia un individualismo exacerbado y hacia la consecuente soledad anímica. No creo que sea necesario citar muchos ejemplos, ya que todo occidental, en un día normal, puede observarlo con solo caminar por la calle de cualquier ciudad. No obstante, para ilustrar el hecho voy a citar algunas grandes cifras.
En la ciudad de Barcelona (datos oficiales de IDESCAT 2016), hay censadas 684.000 viviendas, de las que unas 200.000 están habitadas por una sola persona, y otras 37.000 son viviendas ocupadas por más de una persona pero que no forman familia de ningún tipo. Esto implica que, además de las 200.000 viviendas unipersonales, en Barcelona hay otras 37.000 viviendas compartidas entre varias personas que, generalmente, alquilan una habitación cada una por falta de otra posibilidad de residencia pero que no las une otro vínculo que el mero compartir los gastos de la vivienda a final de mes. De estas cifras se infiere que más de un tercio de los barceloneses viven solos, con lo que es probable que sufran un cierto o grave déficit en sus relaciones personales íntimas. Es decir, son personas que están emocional y físicamente solas a pesar de pasarse, probablemente, el día entre gente (en los transportes públicos, en el trabajo, en las colas del banco y del supermercado…).
A estos datos objetivos, se puede sumar el deterioro de la verdadera comunicación interpersonal que se ha visto substituida por la plaga de los llamados ‘teléfonos inteligentes’ y de aplicaciones de internet que la gente usa para comunicarse insubstancialmente con otros seres humanos. Casi cada nuevo recurso o aparato que realiza algo que pueden hacer los humanos, significa un quantum de inteligencia y de habilidad que pierden las personas. La comunicación humana —no sólo la mera transferencia de información— incluye tacto corporal, entonación en la expresión oral, expresiones faciales, miradas significativas y todo lo demás, riqueza que se está reduciendo a cuatro docenas de emoticones substitutos de la verdadera y enriquecedora relación interpersonal. La imagen de un puñado de amigos o de una pareja, sentados uno al lado del otro pero cada uno pendiente de lo que aparece a cada momento en la pantallita de su teléfono, sin hacer el menor caso de la persona de carne y hueso que tiene sentada al lado es una imagen elocuente por sí misma, cada día más cotidiana.
Por otro lado, el movimiento planetario hacia el individualismo camina de la traidora mano de conceptos que aparecen como avances humanistas deseables, pero que si se analizan con detenimiento se descubre que sólo son apariencias que toma el consumismo y la alienación actual. Me refiero a conceptos como individualidad, autonomía, libertad, independencia, desarrollo personal… En efecto, suenan deseables para todos, pero sólo una persona psíquica y espiritualmente madura tiene la capacidad mental, el temple y la disposición interna para desarrollar razonablemente su individualidad sin caer en el egoísmo y el aislamiento narcisista. No nos engañemos con psico-maquillajes de moda y sin salida. En la mayor parte de casos, este movimiento planetario que se puede resumir en la máxima ‘sé tú mismo’ y otras similares, conduce a las personas a la soledad, al aislamiento y a la incomunicación, a sufrir trastornos mentales, pérdida del sentido de la vida y, cada día con más frecuencia, al suicidio —la primera causa de muerte no natural en Occidente, por encima de las guerras.
La OMS (Organización Mundial de la Salud) en su Nota Descriptiva de febrero de 2017 da unas cifras que reflejan el presente estado de la situación. Se calcula que la depresión afecta a más de trescientos millones de personas en el mundo —no es el contexto, éste, para detallar que hay varios tipos de depresión y que habría que analizar minuciosamente las formas de diagnóstico que se han usado para llegar a estos datos, no obstante demos tales datos por buenos en términos generales. A partir de tales cifras, se puede afirmar que la depresión es la principal discapacidad mundial afectando globalmente a un 20% de la población, porcentaje que sube al 30% en los países postindustrializados, lo que implica que en los países en vías de industrialización, la depresión puede bajar hasta el 10% de la población. Datos clarificadores de lo que conlleva la tecnificación de la vida. La misma OMS, en una resolución de la Asamblea Mundial de la Salud de mayo de 2013, insistió en que se busque una respuesta integral y coordinada de todos los países para afrontar el problema de los trastornos mentales, y en especial la depresión.
Como dato objetivo, cada año se suicidan unas 800.000 personas, siendo la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 19 años y estando muy por encima, repito, de las muertes causadas por todas las guerras del mundo. En el año 2002 hubo 57 millones de muertes, de las que sólo 172.000 se debieron a las guerras, en tanto que 569.000 muertes se debieron a crímenes y violencia no bélica. Es decir, que hubo 741.000 víctimas directas de la violencia humana. En contraste con ello, este mismo 2002 se contabilizaron 873.000 suicidios (HARARI, 2013; 403).
En España, el suicidio es la primera causa de muerte no natural, habiendo el doble de suicidios —10 cada día— que de muertes por accidente de tráfico. Y la tasa española es baja en comparación con la de otros países del centro y norte de la Unión Europea, y más baja aún si la comparamos con datos como los de EEUU, Japón o China. En general, en los países mediterráneos el suicidio está muy mal considerado a raíz del fuerte componente cultural católico que hay y la prohibición que impone esta religión de suicidarse dado que la vida es posesión de Dios y sólo Él tiene la potestad para darla y quitarla.
Este 20% de promedio de población mundial afectada por depresión en la década de los años 2010-20, subirá previsiblemente hasta el 50% en la década 2030 —también según datos de la OMS, que suelen ser conservadores.
La mitad de la población mundial con trastorno depresivo, una verdadera epidemia psiquiátrica. Algo no anda nada bien en nuestro mundo. La causa está en la combinación de soledad y creciente presión social, factores ambos que van a más y sobre los que la terapia con ayahuasca tendría mucho a aportar.
Se ha escrito poco o nada sobre el uso práctico de la ayahuasca en psicoterapia, en cambio y paradójicamente se han realizado numeroso estudios de los efectos curativos de la ayahuasca a corto plazo, a largo plazo y en consumidores habituales (ver especialmente los diversos textos de José Carlos Bouso y su equipo, y de Jordi Riba y su equipo citados en la bibliografía). Tal vez, la única obra en este sentido es Ayahuasca y salud, coordinada por Bia Labate y José Carlos Bouso (2013) que recoge numerosos artículos sobre el tema, pero la mayoría tratan de hechos consabidos o de abstracciones de limitado interés. Pocos hablan de la forma de aplicación de la ayahuasca en procesos de psicoterapia, de ahí la importancia de añadir este capítulo al presente volumen.
Leyendo el texto citado y otros textos sobre el tema, se descubre que tanto en el chamanismo indígena como en la medicina occidental el uso de ayahuasca busca un mismo objetivo: curar, pero el procedimiento es completamente distinto. Los ‘médicos’ indígenas —los chamanes— toman el medicamento para tener visiones sobre el origen de la anomalía y acceder al mundo de las energías para resolverla. En tanto que los médicos y psicólogos académicos tienen prohibido tomarla, y han de conformarse con lo que les cuenta el paciente (sobre este punto recomiendo el texto de OTT, 2013). Salta a la vista la urgente necesidad de crear una Tercera Vía o vía occidental de consumo de ayahuasca, puesto que no somos una cultura animista-chamánica y copiar las formas chamánicas —algo muy en boga desde hace una década— es poco menos que copiar una obra de teatro desconociendo el argumento y el idioma en que se representa.
Se puede aceptar que la finalidad universal de toda terapia es conseguir que el paciente sea capaz de vivir según su manera real de ser y dentro de los límites naturales y condicionamientos culturales que le imponga su entorno social y ecológico. Es decir, que sea lo más sí mismo posible, integrando razonablemente sus dimensiones conscientes e inconscientes, el pasado, el presente y el futuro, su individualidad y su dimensión familiar y social, su cuerpo y su alma. El problema de la mayoría de las terapias actuales es que se dirigen sólo al individuo sin contemplar verdaderamente el medio social en que está sumergido. En más una ocasión ha venido a mi consulta —cito como ejemplo tipo— un hombre joven, de 30 años, aquejado de depresión, desánimo, abulia, insomnio y con ocasionales reacciones violentas de las que más tarde se arrepiente. Al margen del trastorno psicológico que presenta, su vida se resume en que aún vive en el hogar paterno porque no ha encontrado una ocupación laboral estable que le permita crear su propio hogar; tuvo una pareja pero acabó por dejar la relación por el problema de falta de espacio íntimo y de recursos; no ha podido seguir ningún estudio medio ni superior porque proviene de una familia humilde con pocos recursos económicos. Y no vislumbra ninguna solución razonable a su situación. Los trabajos a los que accede son de bajo interés humano y peor remunerados, sin la menor previsión de continuidad, no le dejan tiempo para formarse profesionalmente y tampoco sabe hacia dónde quiere encaminarse. No tiene una red de amigos que le puedan ayudar a encontrar un espacio en el mundo mejor que el que ocupa, y no practica ninguna religión ni tiene valores ni creencias espirituales que le puedan satisfacer en su dimensión anímica y darle una imagen de futuro. Tampoco tiene un coeficiente intelectual excesivamente dotado, digamos que se mueve en la normalidad, y sus padres le ayudan pero, de vez en cuando, le recuerdan que es hora de que busque un hogar propio y abandone el nido. No sigo detallando el resto del cuadro porque el lector puede imaginárselo. ¿Qué hacer con un paciente de estas características biográficas? Puedo tratar de animarlo a base de psicoterapia al uso o de recomendarle que tome antidepresivos, ansiolíticos y barbitúricos para dormir —el típico cóctel que suele dar la mayoría de psiquiatras para sacarse el muerto de encima, como se suele decir, dejando al paciente más idiotizado que antes pero ya no se queja—, pero no sería honesto hacerlo. Aún así debo actuar a sabiendas de que no es un problema de origen psíquico sino que es un problema del sistema social y del patrón cognitivo y emocional derivado de él. Por tanto, la solución debe venir del sistema y de su idiosincrasia, de un cambio de valores que ayuden a las personas a construir su propio destino, visto que el modelo socio-cultural sólo anima a consumir, nunca a iniciarse en una vida, la solución debe venir de un cambio profundo en el sistema de socialización, no de la psicología al uso que con mucho esfuerzo entiende algo de los procesos psicológicos individuales —ni menciono la llamada psicología social ni el conductismo ya que, en mi opinión, ni tan solo merecen ser denominados como Psicología, la ciencia del alma, siendo que tales modas del pensamiento científico niegan la existencia de algo como el alma, inconsciente profundo, Sí mismo o como quiera denominarse esta dimensión espiritual del ser humano. En esto la ayahuasca puede jugar un papel brillante y útil, como lo juega en las sociedades cuyo consumo es tradicional.
Pocas veces acuden a la consulta pacientes buscando un espacio o un método de realización de sus potenciales en un sentido espiritual o existencial, a pesar de que éste es el núcleo del problema. La mayoría acuden empujados por un malestar anímico concreto, por una compulsión conductual o por algún doloroso desasosiego, pero si el terapeuta les abre la posibilidad de ir más allá del trastorno concreto, no son pocos los pacientes que se maravillan de la posibilidad de ‘crear su propia alma’ en la bella terminología de James Hillman (HILLMAN, 2000). Pero esta oferta del terapeuta para ayudar al paciente a que intervenga activamente en su propia evolución es algo que él o ella mismo, el terapeuta, debe haber recorrido antes. Y, hasta donde sé, son muy pocos los casos de profesionales que lo hayan hecho.
Para ser lo más uno mismo posible —es decir, para estar lo menos dividido por dentro entre lo que se piensa, lo que se siente y lo que uno acaba haciendo, la guerra civil que todos llevamos dentro—, antes uno debe tener algún indicio que quién es, de qué significa el ser interno y, más complicado aún, de cómo conectar con esta dimensión profunda del sujeto, una dimensión propiamente espiritual —aunque no siempre religiosa— sin quedar atrapado por los embelecos de las sirenas cantando desde la rocas, trampas que se denominan narcisismo, soledad, autoengaño y autocomplacencia, delirio esquizoide, rigidez dogmática y miedo, entre otros. Una persona sola extrañamente puede conseguir evolucionar en el sentido que damos aquí al término. Incluso el héroe cultural por excelencia, Ulises, necesitó de sus hombres para que lo ataran del palo central de la nave y evitar así que saltara al agua atraído por las sirenas para acabar destrozado contra las rocas de la costa.
Antaño, cuando una persona sentía la necesidad de cultivar su dimensión espiritual, su mundo interno, acudía a un monasterio y pedía entrar. En los monasterios había métodos para el cultivo del mundo interno largamente comprobados, había una comunidad con la que compartir el camino, que te devolvía la imagen, que cuidaba de los neófitos cuando se perdían por el camino, que guardaba celosamente conocimientos técnicos a menudo milenarios… eran profesionales de la espiritualidad. A pesar de ello, en muchos casos se extraviaba toda la comunidad y acababan alejándose del desarrollo espiritual —es decir, de la integración de material inconsciente en la consciencia— para dedicarse a ejercer un poder mundanal sobre los campesinos a los que debían guiar hacia la experiencia divina, practicando una sexualidad perversa y hasta luchando por acumular riquezas materiales más allá de un punto razonable, algo propio de la gente enferma de codicia. Si nos referimos a culturas animistas, la persona que sentía la llamada interior acudía a un chamán experimentado y se ponía a sus órdenes en un largo proceso iniciático, que a menudo duraba años. Para eso han existido las escuelas de espiritualidad desde los tiempos más lejanos de la historia humana.
La experiencia de lo numinoso —como ha puesto de relieve la antropología social y cultural, la arqueología, la prehistoria, la historia y la psicología junguiana— es lo más anhelado por la humanidad; es a lo que hemos dedicado más recursos materiales y humanos desde que hay rastro de nuestro paso por la Tierra, es la experiencia más unificadora que pueda imaginarse y, por ello, más sanadora. Uno de los orígenes del actual malestar de la cultura es justamente la pérdida de contacto con la experiencia numinosa, con lo sagrado e inefable que rige y da sentido a nuestra existencia. Por todo ello, es imprescindible un cambio de paradigma en casi toda la psicoterapia actual, desde el acartonado psicoanálisis freudiano o el incomprensible análisis lacaniano, hasta la actual Gestalt, con su errático y trastornado intento de llevar la atención del paciente —al que denominan ‘cliente’ explicitando el mercantilismo de base de la Gestalt— al ‘ahora y aquí’, a una experiencia del sutil ser interno mal copiando formas y conceptos orientales, sufíes o del Cuarto Camino. El resultado de todo ello es que, en lugar de conseguir que las personas sean lo más sí mismo posible y vivan con fluidez, integridad y felicidad, acaben por sobreponer al patrón neurótico occidental que les aleja de su verdadero ser —o personalidad simbólica en terminología de V. Janov—, otra máscara de pretendida frescura que los convierte en doblemente neuróticos, alejados de sí mismos y con frecuencia pretenciosos. En cambio, para comprender los efectos de la ayahuasca desde una óptica occidental, puede ayudar la psicología junguiana y la psicología humanista en general (incluyo en ella a G. Bateson, A. Lowen, W. Reich, C. Rogers, A. Maslow, E. Fromm, E. Erickson y A. Janov entre otros, muchos de los cuales no eran psicólogos de formación).
Es imprescindible y vital un cambio de valores en el mundo occidental. Sé que no soy la primera ni la segunda persona en anunciarlo, en reclamarlo y en reflexionar sobre ello, pero tal vez sí en proponer un cambio concreto en el área del pensamiento psicológico y humanista a partir del efecto de la ayahuasca —sin ver en la mixtura la panacea universal de todos los males de la humanidad, insisto.
La ayahuasca abre, como repiten numerosos indígenas amazónicos, sólo abre. No arregla, corrige ni cura nada. Eso depende de la persona y de su capacidad, poniendo nuevamente de relieve que lo importante no son las experiencias, sino lo que cada persona hace con sus experiencias ¿Qué abre la ayahuasca? La ventana hacia las fuerzas inefables de la naturaleza, la puerta que separa el jardín cultivado de la consciencia de los bosques espesos que lo rodean, el inconsciente, abre las puertas de la percepción, abre la capacidad para experimentar en primera persona la armonía de la Creación… pero siempre depende del sujeto. Por tanto, un individuo poco dotado abrirá esta ventana, tal vez sienta la conexión con lo numinoso, pero será incapaz de sacar nada de ahí, la cerrará y seguirá como estaba o peor.

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