La experiencia sagrada en Occidente hoy, una ciencia para minorías

La experiencia sagrada en Occidente hoy, una ciencia para minorías

Josep Mª Fericgla
Dr. en antropología cultural
Societat d’Etnopsicologia Aplicada
Fundació J.Mª Fericgla

Conferencia impartida dentro del ciclo La ciencia del cultivo del mundo interno.
26 de septiembre de 2017, Casa del Tíbet, Barcelona.


I

Se calcula que actualmente, y a pesar de la presión unificadora de la globalización, hay unas 10.000 religiones diferentes en el mundo. Por su lado, la arqueología nos informa de que el ser humano realiza prácticas propiamente religiosas relacionadas con la búsqueda de la experiencia sagrada desde hace unos 6.000 años, por ejemplo en la cultura Jarmo de la época neolítica (6700 a.C.), y en la cultura Hassuna-Samarra (5500 a.C.) que se dio en el Calcolítico o Edad del cobre, así como en la cultura El Obeid (5000 a.C.) y en Uruk (4000 a.C.). Por otro lado, se han descubierto restos de prácticas funerarias de hace 40.000 años y probablemente más, que si bien no contienen restos incuestionables de prácticas religiosas no es descabellado inferir que los ritos funerarios tejían alguna suerte de relación de los humanos vivos con el más allá, con el mundo de lo sagrado. Es decir que, como ha puesto de relieve la antropología, la predisposición del ser humano hacia la religión, hacia las búsqueda de experiencias sagradas y hacia las creencias religiosas es la fuerza más poderosa y compleja de la mente humana. Es inseparable de la nuestra naturaleza y se suele aceptar que la diferencia fundamental que hay entre los seres humanos y el resto de animales es la religión y el lenguaje complejo abstracto.

Dicho esto, descubrimos que hay bastantes vías para acercarse a la reflexión sobre la experiencia de lo sagrado. Podemos hablar de ello desde la perspectiva mística, simbólica, desde la historia de las religiones, desde los chamanismos indígenas, incluso desde la óptica psicológica y psicopatológica. Hoy trataré el tema desde mi especialidad base, la antropología cultural, proponiendo una visión de la experiencia sagrada en el mundo occidental actual y de las dificultades que hay que vencer para alcanzarla.

Me gusta entrar en el tema de mis conferencias y clases planteando algunas preguntas que me inspiran y acotan el camino a seguir. Nuestra consciencia del mundo se expande y aumenta cuando nos planteamos interrogantes. Así, me pregunto ¿Que es la experiencia sagrada? ¿Cómo se relaciona tal estado del alma con la espiritualidad y la religión? ¿Se trata de una experiencia ajena a las estructuras religiosas aunque éstas se la hayan apropiado, o no? ¿Todo ser humano tiene acceso potencial a la experiencia sagrada, sea cual sea su cultura y creencias? ¿Cómo hay que prepararse y dónde es posible buscar tal experiencia genuina, o sucede de forma espontánea? ¿Se puede alcanzar siguiendo las indicaciones de clásicos textos religiosos o de modernos libros de autoayuda que, a menudo, ocupan el mismo lugar? ¿Siempre ha habido tanto interés como el que hay actualmente a juzgar por la oferta? ¿Por qué parece no haber místicos inspirados en la moderna sociedad de consumo?

El gran investigador y famoso historiador de las religiones Mircea Eliade, en los años 60 del siglo XX escribió: «Es una lástima que no dispongamos de un término más preciso que el de religión para expresar la experiencia de lo sagrado. Con todo —decía Eliade—, aún puede ser un término útil con tal de que recordemos que no implica necesariamente una creencia en Dios, ni en dioses o espíritus, sino que se refiere a la experiencia de lo sagrado y que, por tanto, está relacionada con la consciencia de un mundo real y significativo que está íntimamente relacionada con el descubrimiento de lo sagrado». (“L’expérience du sacré selon Mircea Eliade”, en Etudes, 360 (1984) 789-801) .

Hay un elemento importante que destaca en esta reflexión de M. Eliade. Me refiero a que lo sagrado es una experiencia, no es una lección, ni una religión, ni una liturgia ni un dogma de fe. Es a través de la experiencia de lo sagrado como el espíritu humano capta la diferencia entre lo que se le revela como real, poderoso, rico de significado y con un sentido perenne, y la dimensión de lo que parece real pero que es insubstancial y está desprovisto de las cualidades de lo real. Es decir, de aquello que es caótico, impermanente y que está sujeto a apariciones y desapariciones fortuitas y sin sentido: del mundo fenomenológico.

El mundo de hoy se ha llenado de dispositivos y de servicios que prometen experiencias de todo tipo. Los coches, los ordenadores, la ropa… incluso el simple hecho de comer en un restaurante se asocia a una experiencia inolvidable (“ten la experiencia Mercedes Benz”, o “experimenta tal iPhone de Appel en tus manos”) y la atención se aparta del simple producto o servicio que se vende. A la vez que la búsqueda de experiencias asociadas a los productos que llenan el mercado global —en que sólo cuentan los beneficios económicos—, también se observa un genuino despertar espiritual de personas que anhelan la experiencia sagrada, trascendente y real, que buscan dar un sentido a su existencia, aunque no siempre sepan dónde buscarlo y que es necesario encontrar guías responsables que conozcan el camino hacia tal experiencia: es de los pocos estados de consciencia que no se puede conseguir siguiendo indicaciones on-line.

Este es el nuevo y grave peligro que acecha al Occidental medio: las leyes de la mercadotecnia incluyen la experiencia sagrada entre los productos que se pueden comprar en el supermercado global en que se ha convertido nuestro mundo y, a menudo, tales ofertas consiguen engañar a personas empeñadas en tal búsqueda quienes, tras una o varias experiencias fallidas, se sienten desengañas y abandonan la llamada interior en medio del desánimo y hasta hundidas en una depresión. Antaño, las personas conocían por tradición los lugares en los que se captaba la fuerza de lo numinoso y la sabían distinguir gracias su propia percepción. No importaba que fuera en un templo sagrado o una cascada de agua, reconocían la fuerza del Numen allí donde se manifestara y no la confundían con las imágenes santas de un templo ni con los símbolos religiosos cualesquiera que fuesen.

En este sentido, para comprender lo sagrado en su propia especificidad, hay que seguir dos pasos. Por un lado, es necesario reconocer la experiencia sagrada como una forma de consciencia: los humanos no tenemos experiencias venidas de fuera, aunque esta sea la forma habitual de concebirlo y de exprésalo (‘oh, que maravillosa fiesta la de anoche ¡fue una experiencia sensacional!’), sino que transitamos por numerosos estados de consciencia a los que llamamos experiencias pero que, como dice la oración del Ser: «Son las aparentes relaciones con los demás las que te permiten conocerte a ti mismo, en tu propia experiencia. Sólo existe una relación, es la relación contigo mismo o contigo misma, los otros y los acontecimientos exteriores podríamos decir que son ángeles y milagros convocados por ti en tu camino a la realización».

En segundo lugar, comprender lo sagrado en su propia especificidad implica que sólo se puede aprehender a partir de lo sagrado mismo, tomando la propia experiencia como punto de referencia. No hay más. La experiencia sagrada se explica a sí misma, sl resto son liturgias siempre discutibles. En este sentido, con los signos religiosos o espirituales que se refieren a la experiencia de lo absoluto sucede algo similar a lo que sucede con ciertas obras de arte, que tienen una forma de ser propia. Digamos que existen en su propio nivel de referencia y exigen ser comprendidas a partir de él y sólo desde él. Estoy recordando, por ejemplo, la críptica pintura de Joan Miró, la de Antoni Tapies o la música de Bach: sólo pueden comprenderse a partir de ellas mismas. O uno entra en el mundo y en la experiencia que se ofrece a través de ellas y lo vive, o no entra ya que sólo se explican a través de ellas mismas, no hay más. Es el mismo principio que está en la base de la hermenéutica de los símbolos de lo sagrado.

En este sentido, el hecho de comprender los símbolos y datos sagrados como una forma de consciencia implica que se trata de factores determinantes en la toma de consciencia que las personas hacen de sí mismas, en tanto que seres humanos. Es decir, el homo religioso que busca la experiencia sagrada es un ser humano que busca su totalidad, que busca su integridad; es el ser que, por una parte reconoce en la experiencia sagrada la dimensión esencial desde la que todo lo que existe viene y permanece en la vida y, por otra parte, comprende su propia existencia como ser vivo en relación con la fuente de toda energía vital y de toda realidad. La experiencia sagrada nos conduce al origen de todo lo que tiene algún sentido para los humanos. Podemos decir, por tanto, que el sentido y la experiencia de lo sagrado es propiamente la consciencia de sentirse pertenecer a una totalidad de la que ser humano recibe el sentido para ser quien es y, por este motivo, constituye una forma o estructura de consciencia no un dogma religioso del pasado ni del futuro.

Dicho en otras palabras, el ser humano experimenta la medida exacta de su ser cuando vive situaciones límite y ahí es donde se descubre a sí mismo en un universo que le sobrepasa por todas partes. Entonces sabe que no tiene otro camino que entregarse a ese mundo que le sobrepasa, que debe aceptar y someterse al tiempo y a la muerte para conocer el origen y el final de su vida. En general, a estas situaciones límite que nos ponen en brazos de la fuerza incomprensible del cosmos las llamamos experiencias sagradas o experiencias cumbre en terminología de la psicología humanista.

Hay otro término al que recurro en ciertas ocasiones, me refiero a la palabra numinoso, a la experiencia de lo numinoso, que no todo el mundo está capacitado para reconocer y sostener.

Numinoso es un término que tras ser usado durante la primera mitad del siglo XX casi ha caído en el olvido, pero es un término muy preciso. Surge del vocablo latín Numen y se refiere al sentido trascedente y de inmanencia que había en los lugares y en los símbolos sagrados. En su sentido original en latín, Numen se refería a la manifestación perceptible de poderes divinos y significa la presencia misteriosa, fascinante, unificadora, sagrada y mágica que había y hay en algunos lugares, que se manifiesta en ciertos momentos y que está en algunos símbolos cargados de esta fuerza cuya experiencia es la base misma de la religión. Ante la presencia de lo numinoso y de lo sagrado, el ser humano está ante un misterio tremendo y fascinante. El teólogo protestante alemán Rudolf Otto, fue quien popularizó la palabra (en Das Heilige, “Lo santo”, 1917), utilizándola para describir al Ser sagrado supremo a quien todas las religiones intentan conocer, y cuya experiencia generó el primer sentimiento religioso. R. Otto define lo numinoso como una «experiencia no-racional y no-sensorial, un presentimiento cuyo centro principal e inmediato está fuera de la identidad». Aunque el origen de la palabra latina no indica una fase pre-teísta basada en la presencia del numen en la cultura romana, es fácil imaginar que la experiencia de lo sagrado y su búsqueda precedió al Imperio romano en las cultura chamánicas y animistas.

Antiguamente, la gente disponía de templos, mezquitas, santuarios, cuevas o saltos de agua dedicados a la conexión con lo numinoso, eran lugares donde la presencia de lo sagrado se manifestaba de manera perceptible para el ser humano. La sociedad reconocía tales espacios, que en ciertas tradiciones se denomina ‘lugares calientes’, y eran respetados incluso por los gobernantes de toda tendencia.

En este mismo sentido, también eran respetados los ritos en los que se buscaba la experiencia sagrada y se reconocía el papel nuclear que jugaban las substancias enteógenas a veces llamadas visionarias, como potencial propulsor de la experiencia de lo sagrado. Así, por ejemplo, Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.), defensor del estoicismo y uno de los más grandes e influyentes políticos y escritores de la República Romana, escribió: «…entre las muchas cosas divinas y excepcionales que ha producido vuestra Atenas como contribución a la vida humana, no hay nada mejor que esos misterios [en referencia a los ritos eleusinos]. A través de ellos hemos pasado de una vida salvaje y rudimentaria al actual estado de la humanidad, nos hemos civilizado. Llamamos a estos misterios iniciación, cuando en realidad con ellos hemos aprendido los fundamentos de la vida que nos permiten captar no solo la base sobre la cual vivir con alegría, sino también morir con una esperanza mejor» (De Legibus, 2.14.36).

¿Qué político occidental actual escribiría un fragmento como éste, en reconocimiento de lo que aportan a la vida humana las substancias enteógenas o psicópticas y los ritos sagrados de otros pueblos? La respuesta es fácil, probablemente ninguno.

Como es bien sabido, los misterios eleusinos eran ritos de paso mediante los cuales, y a lo largo de veinticinco siglos, los griegos clásicos buscaron la experiencia extática dentro de un estricto marco cultural y propulsada por un enteógeno conocido como Kykeon (ver “Mixing the Kykeon“, en ELEUSIS: Journal of Psychoactive Plants and Compounds, Nueva Serie nº 4, 2000; y ver WASSON et al., 1980). Los posteriores romanos reconocieron durante varios siglos más los templos y la validez de las prácticas extáticas atenienses para buscar la presencia y la experiencia de lo numinoso.

Hoy día se hace no solo necesario, sino urgente, buscar y reconocer de nuevo lugares apropiados por su energía telúrica, por el silencio y la naturaleza que los rodea —como se ha hecho desde tiempos inmemoriales— y construir instalaciones adecuadas para albergar las personas que buscan la experiencia de lo absoluto.

 

II

Llegados a este punto de la exposición, cabe plantearse otra pregunta. En el occidental medio de hoy se observa una necesidad urgente para experimentar y reencontrarse con lo numinoso, necesidad explicitada por parte de numerosos individuos que reconocen sentirse desorientados, solos y vacíos rodando entre las estanterías del mercado de la espiritualidad y dando lugar a que numerosos oportunistas hagan su agosto. Si bien todo ello es obvio: ¿Que problemas nos alejan hoy de la verdadera experiencia sagrada, hasta hacer que se convierta en una forma de consciencia tan insólita como anhelada y sólo al alcance de una minoría?

Por otro lado, cabe recordar que siempre ha sido una experiencia de minorías —no todos los griegos helénicos acudían a los ritos mistéricos de su época—, minorías que, a partir de tal experiencia, han sabido construir un discurso religioso y transmitir un sentido trascendente de la vida humana a sus congéneres, minorías que han mostrado el camino extático a otros en calidad de reconocidos maestros, místicos, gurúes, sheijs o chamanes.

Esta misma pregunta puede ser formulada en un sentido más general: ¿Cuáles son los conflictos más obvios en el mundo contemporáneo que no se pueden resolver si no es través de la experiencia sagrada? ¿Cuáles son las condiciones para acceder tal experiencia?

El primer y gran obstáculo actual para contactar con lo numinoso, para tener la experiencia de lo eterno, es la desaparición de los ritos iniciáticos, la volatización de la iniciación, y ésta es justamente la gran diferencia entre el mundo actual y el mundo tradicional. Los ritos iniciáticos han desaparecido de nuestro mundo y no nos damos cuenta del desastre que esto representa. Me recuerda el conocido método que tienen los máhabat de India para domar elefantes: cuando el animal es un cachorro atan una de sus patas a una estaca clavada en el suelo. El pequeño elefante trata inútilmente de librarse de la atadura, y tira y tira hasta que llega el día en que se rinde y deja de tirar, se conforma con quedarse quieto y ahí crece. Cuando el elefante llega a adulto tiene una fuerza tremenda y podría arrancar la estaca de un simple tirón, pero los máhabat saben que es suficiente con atar una cadena a una de las patas del elefante para que el animal no se marche. No sabe lo que podría hacer de estar libre y esto cambia por completo su vida: deja de buscar pareja aunque la naturaleza le estimule el celo, y ni se le ocurre recorrer nuevos territorios llenos de comida fresca aceptando la alimentación que le dan. Así estamos en Occidente en referencia a la experiencia sagrada que abre las compuertas a la percepción de la verdadera realidad.

Las iniciaciones vinculan el neófito a una tradición que tanto tiene contenidos esotéricos como exotéricos y simbólicos, lo convierten en heredero de una cadena humana que a menudo proviene de una insondable profundidad temporal que da sentido a su existencia por medio de enseñarle cómo, dónde, cuándo y cómo entender la experiencia sagrada o numinosa, a pesar de que la experiencia de la fuerza del Numen en sí misma es misteriosa y no depende en nada de todo ello.

Como afirmaba el sociólogo y filósofo francés muerto en 2007 Jean Braudillard, el niño no iniciado sólo ha nacido biológicamente. Para convertirse en un ser social debe pasar por una experiencia iniciática de muerte y renacimiento, y así, a través de la iniciación, es como el individuo adquiere su verdadera identidad individual y grupal, incluso es así como asume los roles que, en muchos sentidos, son el correlato externo de su identidad.

La abolición de los procesos iniciáticos es un fenómeno psicológica y cultural relativamente reciente y local, algo que se constriñe a la cultura occidental contemporánea. No obstante y, a pesar de su importancia imposible de exagerar, con pocas excepciones (como L. Zoja o M. Eliade) no se ha escrito nada sobre sus consecuencias. Tengo el pleno convencimiento de que la actual anomia colectiva y el desorden individual que se manifiestan en que la cuarta parte de la población occidental está diagnosticada de depresión, tienen una de sus causas más definitivas en la desaparición de los ritos iniciáticos.

Una terrible consecuencia directa del desvanecimiento de las iniciaciones se observa en el hecho de que las personas buscan fuera de ellas lo que realmente tienen dentro. Buscan la experiencia sagrada en el consumo de ciertas drogas, en la sobre estimulación ambiental, en los agobiantes dispositivos que impone la sociedad de consumo para atrapar nuestra atención y mantenerla fija en objetos externos a nosotros. Las personas buscan lo sagrado en los demás, en el sexo, en los cursillos de fin de semana anunciados como de desarrollo humano cuando la mayoría favorece un mayor ensimismamiento, lo buscan en grupos esotéricos, en internet, incluso en el deporte. Fuera del propio individuo.

No es extraño que una sociedad que ha sido despojada de los ritos iniciáticos que permiten la regeneración vital, también haya aniquilado la muerte del panorama cotidiano, la rechace y maquille los cadáveres para disimular su naturaleza. Ambos rechazos —a la muerte y a la iniciación— pertenecen al mismo ámbito inconsciente, natural y numinoso del ser humano. Las iniciaciones ponían a los humanos en contacto tanto con lo sagrado como con la muerte ya que era por medio de la muerte que se daba la iniciación, y toda iniciación, a su vez, implica un morir para renacer y regenerarse.

Tampoco es casualidad que, a la vez que estamos viendo un lento resurgir del interés por la muerte y por lo que pueda suceder después, se descubre un resurgir del interés por la experiencia sagrada.

Llegados este punto cabe plantearse otra pregunta: ¿Dónde se da hoy la posibilidad para experimentar el Numen? Sólo en la vida privada. La iniciación real a la experiencia sagrada y el esfuerzo por cultivar los potenciales no productivos del ser humano se han encerrado en el reducido ámbito de las actividades personales y, además de tal restricción, todos sufrimos una fuerte presión del patrón consumista para desanimarnos a dedicar tiempo y energía a este objetivo. A pesar del creciente número de libros y actividades dirigidas al cultivo del mundo interno, cada día queda menos tiempo para ello y vemos cómo se va recortando la imprescindible libertad de acción. La vida del occidental medio cada día resulta más agitada; el tiempo que había para dedicarlo a uno mismo, hoy lo ocupan los innumerables mensajes que llega a través del teléfono móvil o del ordenador portátil, las ofertas de todo tipo y se ignora completamente la diferencia entre la dimensión sagrada y la profana. Incluso los templos, catedrales y lugares antaño considerados espacios sagrados donde el individuo se refugiaba de lo profano buscando la experiencia de lo absoluto, hoy son atracciones para el turismo de masas y se cobra entrada para visitarlos, como en cualquier otro espectáculo.

Actividades que hasta hace poco eran consideradas adecuadas para predisponernos a la experiencia sagrada, como la meditación, la calma interior, la oración o el control de la atención, hoy se venden en forma de cursillos anunciándolas en tanto que prácticas adecuadas para ganar más dinero, para tomar mejores decisiones en el ámbito profesional y para mejorar la comunicación en el seno de la empresa. Se trata de un entrenamiento dirigido al mundo de la empresa, despojado de todo sentido u objetivo sagrado. Es un producto de consumo más, en este caso para directivos.

Desde antiguo se sabe que el trato con las dimensiones sagradas de la realidad exige ciertas condiciones, la primera de las cuales es una radical y universal renuncia preparatoria y purificadora, renuncia que en toda época ha consistido en alejarse de la vida y de los hábitos cotidianos. A partir de los talleres que dirijo desde hace más de veinte años, talleres que buscan llenar el hueco dejado por los ritos iniciáticos, puedo afirmar que pocas personas están hoy dispuestas a renunciar, por ejemplo, a su teléfono móvil más allá de 48 horas. La mayoría de ritos que se ofrecen hoy en el mercado de la espiritualidad no son verdaderos intentos de buscar y consolidar una experiencia profunda, sino que la mayoría meros juegos intelectuales acompañados de alguna sensación física o emocional totalmente desactivados de contenido transformador. Estamos en un mundo insubstancial donde se buscan sensaciones, no verdaderas experiencias transformadoras.

 

III

¿Qué factores o condiciones favorecerían la experiencia transpersonal en el Occidente de hoy? Desde una óptica antropológica, haría falta que se cumplan diez condiciones para reinstaurar los ritos iniciáticos y, con ellos, el camino hacia la experiencia sagrada:

  • En primer lugar está el actual patrón cultural consumista que se opone frontalmente a la iniciación y a la experiencia de lo numinoso. Es el peor enemigo. La iniciación y la propia experiencia cumbre tienen como premisa universal la renuncia a los bienes materiales. Repito, la experiencia numinosa es un estado de consciencia y, por tanto, una experiencia relacionada exclusivamente con el mundo interior y con la muerte de todo impulso consumista que atrae la atención y la energía del sujeto fuera de él mismo. El proceso de individuación y la muerte significan radicalmente no más consumo. El consumismo conlleva la uniformización de la gente hasta niveles insospechados, y la sociedad consumista no permite el menor desvío del patrón básico que focaliza la vida humana hacia el mundo externo, generando sujetos exocentrados. Es decir, personas cuya idiosincrasia y cuya cosmovisión sitúan el centro del individuo fuera de sí mismo: todo lo bueno, interesante, emocionante, necesario y salvador viene de fuera, dentro del sujeto reside la oscuridad, la ignorancia y la dejadez hacia los propios impulsos, necesidades e intereses. En sentido contrario, la iniciación y la experiencia sagrada genera sujetos endocentrados. Es decir, individuos cuyo foco de interés y cuya energía y orientación vital surgen de dentro de sí mismos, desplazando el objetivo vital del exterior hacia el desarrollo interior.

Por otro lado, el consumismo estimula el patrón maníaco-depresivo al negar la muerte, el duelo, la contracción o la simple tristeza. A cambio, impone un modelo de crecimiento indefinido, un modelo de expansión sin límites, cuando toda iniciación exige contención para poderse retener tras la experiencia extática. Como afirma el psicólogo italiano Luigi Zoja (ver Drugs, Addiction and Initiation: The Modern Search for Ritual, Daimon Verlag, Suiza, 2000), el occidental actual vive de acuerdo al patrón consumista y no es una persona que experimente estados de expansión de consciencia intercalados con esperas reflexivas, como es el acto sexual, sino que es un individuo que ha optado por una vida maníaca, produciendo y consumiendo más y más, mucho más de lo que necesita. Y esto no es una mera actitud patológica sino que se ha convertido en modelo cultural y médico. Las formas más evidentes que ha tomado este modelo son el cáncer que se expande hasta consumir todo el organismo del sujeto, y el toxicómano que en lugar de renunciar aumenta su consumo frenéticamente hasta la posible muerte. Por ello, ambos fenómenos despiertan en la gente la misma ambivalencia de horror y de fascinación a la vez, porque son un modelo y una metáfora del consumismo que ha acabado con la experiencia sagrada al convertirla, para mucha gente, en otro producto más. Solo hay que dedicar unos minutos buscando por internet para encontrar ofertas sagradas: aquí es fácil y al alcance de todos los bolsillos, allí venden dos experiencias al precio de una, más allá ofrecen una mayor cantidad y variedad de enteógenos al mismo precio que una sola dosis…

  • En segundo lugar, para que haya verdaderas iniciaciones es imprescindible la tutela y orientación de maestros realmente capacitados y reconocidos por estructuras sociales conformadas durante largos periodos de tiempo y dentro de la cultura que participa de ello. La figura de tales guías preceptores solo se puede dar en el seno de pueblos que reconozcan el valor de la regeneración ritual como vía para acceder a condiciones superiores de consciencia, para desvelar las capacidades sutiles para las que el ser humano está potencialmente dotado. En Occidente hay muy pocos maestros que estén conectados con y en alguna verdadera cadena iniciática, y que puedan transmitir tal conexión. Por otro lado, es difícil reconocerlos en el maremágnum de falsos guías que conforman el circuito de los gurúes blancos.
  • Además, resulta que tales ritos iniciáticos —más la experiencia de lo sagrado que deriva de ellos— requieren de un entorno cultural que no tenga una postura negativa frente a la muerte, que no la considere una simple batalla perdida por parte de la ciencia frente a la naturaleza. Analizando otras culturas, se observa que la iniciación y la experiencia sagrada gozaban de un lugar destacado en aquellas sociedades en las que la muerte también tenía un puesto oficial destacado y respetado: Tíbet, Egipto, Mesopotamia, sociedades animistas…
  • En cuarto lugar cabe mencionar que para buscar la experiencia de lo sagrado es imprescindible que la sociedad sea simple. La vida de una persona ha de poder aislarse de la de sus vecinos y las fases de su vida también han de poderse aislar unas de otras. En otras palabras, el buscador de lo numinoso debe poderse aislar de los compromisos sociales durante el extenso periodo ritual, pero en las sociedades modernas hay muy poca libertad de movimiento. Todos estamos atrapados por numerosos compromisos y la libertad es solo relativa a cada ámbito. Por ejemplo, ¿permitiría una empresa que sus empleados se ausenten unos meses para seguir un proceso iniciático? Y suponiendo que la empresa lo permitiera, ¿qué pasaría con el colegio de los niños? ¿Y con el club de fin de semana, con la asociación de vecinos o con la hipoteca que no podría pagar durante ese tiempo? ¿Permitiría una sociedad compleja que las personas cambiaran radicalmente de identidad tras la iniciación? En África subsahariana, por ejemplo, hay diversas etnias en las que las personas cambian de nombre tras cada iniciación, y siguen varias a lo largo de su vida. ¿Lo permitirían los bancos y las empresas que otorgan las tarjetas de crédito, o la policía que nos tiene fichados por un nombre y un numero de identidad? La respuesta es: no. Al contrario. Cuando una persona muestra su adhesión a algún credo o colectivo no oficial es habitual que su alrededor se muestre desconfiado (“¿Se habrá metido en una secta nuestra amiga”?).
  • En este sentido, la falta de tiempo a causa del trabajo y los estudios, y la inmovilidad territorial por la vivienda son obstáculos materiales importantes que frenan la posibilidad de tomar parte activa en una renovación personal profunda. Y una iniciación real, a menudo requiere meses o una larga preparación, aunque luego la experiencia sagrada dure solo dos o tres días a lo sumo.
  • En sexto lugar cabe añadir que las posibilidades de éxito en el esfuerzo por el desarrollo de la individuación, por sentirse uno verdadero protagonista y héroe de su vida, hoy son casi nulas. El enfrentamiento directo de las personas con las dificultades que les presenta la vida es el mayor activador de arquetipos heroicos y cada vez está más alejado de nuestras vidas. Crecemos y maduramos resolviendo dificultades y conflictos. Antaño, las peleas entre grupos familiares, entre clanes y entre naciones eran vividas en primera persona, los hombres iban al frente de batalla para defender su tierra y su familia, incluso los duelos individuales eran otro espacio donde batirse. Aunque tal vez suene políticamente incorrecto hoy, cabe afirmar que todo ello ofrecía la real posibilidad de ser uno mismo, de ser un héroe, o bien de actuar como un individuo sabio si conseguía evitar la pelea. En ambos casos, la persona salía reforzada de tales luchas por responsabilizarse libremente de su desarrollo. Este esfuerzo del yo —como dirían los psicólogos—, esta pelea por salir reforzado del oscuro preconsciente, es el tema más recurrido en todas las mitologías y relatos, y es el guión de las películas de más éxito. Es la eterna lucha del héroe individual contra el dragón que nos amenaza a todos. Pero cada vez deviene más difícil que la verdadera lucha personal se acepte como parte de la responsabilidad individual ante la vida. Los combates para afirmarse uno mismo dentro de nuestras sociedades están tan tristemente pautados por el Estado que el individuo se queda sin espacio en el que ejercer su responsabilidad. El héroe prototípico arriesga su vida en el combate, vence o muere, y con ello se realiza como persona y despierta la admiración de los suyos, pero semejante experiencia de arriesgar la vida está completamente prohibida en Occidente —a menos que uno no sea un mercenario a sueldo, pero ahí no hay desarrollo personal que valga. Hoy día, el trato con la muerte está mediatizado por el Estado, no podemos ni decidir sobre nosotros mismos: quien rechaza la comida es alimentado contra su voluntad, el anciano que es internado en una residencia y se opone, es diagnosticado como sujeto patológico y no se le permite tomar decisiones ni morir a voluntad. Incluso si entra un malhechor en mi casa no puedo ejercer la menor violencia contra él, ni tan solo para defender lo que es mío y a los míos, debo avisar a aquellos delegados del Estado con autorización para ejercer la violencia, la policía. Esta situación de alienación resultaría impensable para nuestros bisabuelos e inconcebible para las sociedad arcaicas.
  • En séptimo lugar, es necesario que existan espacios sagrados reconocidos, espacios donde la experiencia de lo numinoso sea perceptible, espacios que en antropología denominamos de conversión positiva donde lo cotidiano se sacraliza. No voy a enumerarlos aquí, pero los problemas para que exista un espacio realmente cuna de sacralidad en nuestro mundo son diversos, empezando por el precio del terreno.
  • Por otro lado, la experiencia sagrada exige renuncias, como he comentado más arriba, y renunciar significa sacrificar. La misma etimología del término lo indica: sacrificio significaba “convertir en sagrado” y sagrado es un derivado etimológico del sustantivo ‘sacr’ + el verbo ‘are’, sacrare, que venía a significar “estar enteramente dedicado a una causa”. Actualmente, para la mayor parte de la gente es difícil o incluso inconcebible renunciar a todo que se tiene al alcance de las manos en aras de un único objetivo. Todo, sin excepción, todo se anuncia como de fácil acceso y sin esfuerzo, incluyendo las experiencias sagradas que se ofrecen en el mercadillo de las creencias. Nada de sacrificios reales. Tan solo hay que ver la suculenta moda de los libros de autoayuda que prometen la salvación del alma en tres fines de semana y lo anuncian con una sonrisa insubstancial en los labios. En realidad, tal literatura es otro producto de mercado dirigido a la gente angustiada y sin demasiado criterio o sin posibilidad de buscar una verdadera experiencia sagrada.
  • La novena dificultad que observo en la búsqueda de la experiencia numinosa se refiere a las diferencias individuales que genera. Si bien es cierto que, por un lado, lo numinoso nos une en una dimensión transpersonal de la realidad, nos une en una conexión con el Ser que disuelve la individualidad egoica, por otro lado tal experiencia conlleva diferencias particulares que tienen exigencias de diversa naturaleza. Por ejemplo, las que hay entre un monasterio de clausura y la vida fuera de él. De ahí que la cultura consumista haya ido negando progresivamente tales diferencias derivadas de la iniciación y las ha ido asociando a culturas primitivas o al menospreciado mundo de lo esotérico.
  • Finalmente, toda experiencia de lo sagrado debe incluir el ser humano en todas sus dimensiones: cuerpo, psique, emociones, espiritualidad y relaciones sociales. Antaño, los maestros espirituales o los chamanes que guiaban la iniciación tenían total libertad para manipular el cuerpo de los neófitos, incluso para producirles heridas si con ello ayudaban al éxito de la experiencia catártica. No obstante, actualmente hay que pedir permiso por escrito, hay que prever lo que pueda suceder y cuidar que el iniciado no sufra ningún desequilibrio psicológico ni emocional como resultado de la experiencia, evitando que los familiares interpongan una demanda al maestro. A menudo, las precauciones que hay que tener en tales contextos antes de tocar el cuerpo o de actuar sobre otra persona son ridículas e imposibilitan el desarrollo profundo de la experiencia cumbre. A lo largo de mi experiencia profesional de más de dos décadas dirigiendo talleres catárticos y extáticos, a veces como psicoterapia a veces como espiritualidad práctica, me pusieron una demanda. La única en todo este tiempo. ¿Motivo? Una chica de unos 28 años, psicóloga —¡Dios me guarde de ellos!—, durante la catarsis había revivido una supuesta violación sufrida en su infancia a manos de su progenitor. Le ayudé a integrar esta fuerte y dolora experiencia —abreacción, en térmicos técnicos— y al día siguiente, ya calmada y habiendo perdonado al agresor, regresó a su casa. Más tarde fue a visitar sus padres y, al entrar, se acercó a su padre, lo abrazó y le dijo que, a pesar de todo, lo amaba. El padre, un hombre que trabajaba de policía, se horrorizó de tal conducta filial y apartó de sí a la hija con brusquedad. Luego, la chica se acercó a la madre con la intención de abrazarla y ésta, una mujer de carácter histérico, huyó gritando que su hija había pasado el fin de semana en una secta. Días más tarde me llegó una demanda que habían interpuesto en el juzgado local. El motivo de la demanda era que la hija nunca antes les había dicho que los amaba y jamás los había abrazado, con lo que era obvio que algo malo le había sucedido a la hija. En el mismo pliegue acusatorio me demandaban, además, por violación sexual, por manoseos a su hija y por lavado de cerebro. Afortunadamente, las manipulaciones que hago en el cuerpo de los asistentes a mis talleres para ayudarles —cuando hace falta— a entrar en catarsis, las hago delante de todos los demás participantes y jamás me aparto de la vista del grupo para evitar dar espacio a tales fantasías patológicas.

 

A pesar de estas dificultades y de otras que no menciono pero que también nos alejan de lo sagrado, se observa en el occidental medio una profunda necesidad de experimentar lo numinoso. En mi experiencia como psicoterapeuta, y al igual que escribió Jung hace medio siglo, creo que no hay ni un solo paciente en mi consulta de más de 35 años cuyo trastorno no surja de la necesidad de mantener una dimensión espiritual en su vida. Especialmente, en relación a una experiencia sagrada que dé sentido y profundidad a su existencia.

Así pues y para acabar, las dificultades descritas sitúan la experiencia de lo sagrado al alcance de una minoría radicalmente comprometida, sea dentro de un marco confesional como en las religiones convencionales, de un marco chamánico como en los pueblos animistas o sea dentro de nuevas formas rituales occidentales que sitúan la búsqueda de la experiencia numinosa en el núcleo de la acción ritual. Buscar la conexión consciente con lo absoluto exige sacrificios, exige dejar la ocupación laboral por un tiempo, alejarse de la familia y del espacio doméstico, romper las cómodas rutinas cotidianas y dejar de proyectar la atención sobre los brillos externos para cultivarla sobre el mundo interno.

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