Efectos de la ayahuasca y plenitud

EFECTOS DE LA AYAHUASCA Y PLENITUD
Explicado a personas que nunca han tomado.
(fragmento del próximo libro de J.Mª Fericgla, sobre la 3ª Vía de usos de la ayahuasca, a publicar en enero-18)
¿Cómo explicárselo? Ayúdame, ¿Cómo se puede explicar lo que se siente estando enamorado a alguien que nunca lo ha experimentado? ¿Cómo se puede describir el intenso color azul marino a un invidente de nacimiento, o el tono recogido del sonido de un oboe a un sordo que nunca haya oído? Te invito a que intentes describirlo antes de seguir leyendo. Es probable que comprendas la dificultad de explicar el efecto de la ayahuasca a quien nunca haya experimentado algo tan inefable. «¿Tan completamente diferente es a todo lo habitual?». Pues no, no lo es, al contrario. Es paradójico pues el efecto de la ayahuasca tiene algo de muy exótico y a la vez profundo, sorprendente y muy familiar. Es una especie de sabor natural tan próximo como las visiones oníricas, como la propia experiencia de la plenitud y como tocar la piel tierna de un bebé. En realidad, las visiones de la ayahuasca son de la misma calidad que el mundo de los sueños y, al igual que con los sueños, si la persona que está arrobada por las visiones abre lo ojos, aterriza al instante en la realidad que le envuelve. Creo que, en el fondo, todos sabemos qué sabor tiene la plenitud y por eso la añoramos; es el sabor que redescubrimos bajo el efecto de la ayahuasca cuando participamos en una sesión bien conducida —que no siempre sucede.
Así, ¿podemos decir —provisionalmente— que la ayahuasca es una substancia visionaria? Sí. Suele provocar visiones aunque no a todo el mundo y, de todas formas, es «visionaria» no «alucinógena».
–Amazonía anteayer y hoy, mañana ya se verá–
La ayahuasca es una mixtura vegetal que se usa desde hace milenios entre los pueblos indígenas de la Amazonía para ver y para aumentar las ganas de vivir, por lo que se la suele denominar «medicina del alma» —obviamente, es una manera occidental de entenderlo porque, para empezar bien, habría que determinar qué se entiende en el mundo indígena amazónico por ‘medicina’ y por ‘alma’. No obstante, para nosotros no es una mala manera de concebirla ya que la verdadera enfermedad de Occidente es que la gente ha perdido las ganas de vivir, confundiendo a menudo la pasión por vivir con el acto de consumir. Y no, aunque el consumo forma alguna parte de la vida, la vida no es consumo. Así pues, desde un punto de vista clínico y hasta donde sé, la ayahuasca es una magnífica medicina para la neurosis. Además, sirve para «ver», literalmente. Si se sabe pilotar la experiencia, se pueden tener visiones de personas que están lejos —por ejemplo, los padres quieren saber de su hijo que ha salido de la selva a buscar fortuna y no tienen manera de comunicarse con él, la mujer quiere ver si el hombre se acuesta con otra, o dónde está el perro que se ha perdido—; se puede ver la enfermedad de un paciente —los chamanes le dan este uso— o se pueden ver los poderes o ánimas que habitan la jungla y el cielo. También se puede tomar ayahuasca para ver el pasado del propio sujeto, para desvelar pasajes olvidados o censurados que permanecen ocultos a la luz de la consciencia, y también se puede tomar para integrar elementos opuestos del paisaje psíquico. Ahora sí, voy a usar dos términos técnicos para referirme al efecto de la ayahuasca: actúa de psicointegrador y como herramienta adaptógena inespecífica.
La mixtura se prepara mezclando dos o más vegetales específicos y hay cierta variedad de posibles combinaciones. Dando un enorme salto cultural que exige el símil, podríamos comparar las variedades de ayahuasca con el vino del que hay numerosas graduaciones etílicas, con y sin gas, con diversos sabores, efectos y colores… aunque para denominarlo usemos un término genérico: «vino».
La preparación de la pócima amazónica varía según los grupos indígenas, los chamanes que la preparan y el fin del consumo, y cada uno guarda celosamente el secreto personal de su decocción. A pesar de este pundonor en la buena preparación, la ayahuasca es la mixtura por excelencia del mundo amazónico tradicional, es un incomparable nexo de unión entre diversas culturas antiguas que tienen en común el consumo de esta bebida visionaria; entre el pasado, el presente y el futuro; entre los hombres y las mujeres; entre los dioses y los humanos; entre los miembros de cada familia; y actualmente entre Amazonía y Occidente.
Hoy día, gracias a las investigaciones de nuestros farmacólogos, sabemos que la ayahuasca activa un rinconcito de nuestro cerebro donde se almacena la memoria emocional, algo que los nativos amazónicos conocen desde hace milenios por propia experiencia. También sabemos que activa otro rinconcito del sistema nervioso central desde donde los humanos toman decisiones, actuando de enlace entre diversas funciones cerebrales. Esto se traduce en que, bajo el efecto la ayahuasca, se despiertan circuitos y mecanismos biológicos que permiten crear nuevas conexiones en el cerebro. ¿Se puede obtener algo interesante de estas nuevas conexiones? Por supuesto, son la base estructural de nuestra existencia. Se puede afirmar que funcionan como el sistema operativo que rige nuestra conducta, y que el ancestral jarabe amazónico actúa como una poderosa herramienta que permite reprogramar nuestro ser hacia un estado de calma, de integración y fuerza interior y de plenitud. Y no se trata de algo abstracto o simplemente bienintencionado.
En este sentido, teniendo en cuenta que el estrés, las dudas constantes y la tensión agravan numerosas enfermedades, el potencial de sanación de la ayahuasca no se limita a la psique sino que puede usarse para tratar una larga lista de padecimientos psicosomáticos, y así se ha usado durante siglos y posiblemente durante milenios.
Pero no todo vale, es necesario un cierto nivel de sensibilidad y de sabiduría, más un proceso de aprendizaje inicial para apreciar completamente el efecto de la ayahuasca. Según mis investigaciones, aproximadamente la mitad de las personas, la primera vez que ingieren el bebedizo no saben reconocer su bendición. Les hace efecto, sin duda —lo verifiqué por medio de electroencefalogramas a un grupo de voluntarios—, pero no lo reconocen, se percatan de que ‘algo’ les ha pasado gracias a factores laterales, no por la experiencia misma. Por ejemplo, es frecuente que las personas que toman por primera vez y no perciben conscientemente el efecto, se sorprendan al acabar la sesión y mirar su reloj: “¡No puede ser! Han pasado cinco horas pero tengo la sensación de que hemos estado máximo media hora ahí sentados. ¿Se habrá dañado mi reloj?”. No, tu reloj funciona bien, hemos estado cuatro o seis horas ahí sentados, no lo has notado pero tampoco te has dormido, señal de que algo te ha sucedido sin darte cuenta: has estado en otro tiempo y en otra realidad, en un tiempo dentro del tiempo y en la realidad detrás de la realidad.
–La experiencia–
¿Cuáles son los fines del consumo en la Amazonía indígena? ¿Han encontrado un refresco que los lanza a la plenitud? Sí y no. Los fines que promueven el consumo de ayahuasca entre los indígenas abarcan desde la curación de algún malestar psicológico individual o grupal —derivado de la falta de plenitud—, a resolver lo que creen ser influencias ajenas sobre la propia vida, curar dolores físicos, buscar una experiencia de contenido espiritual o una revelación personal que les dé más fuerza y ánimos para vivir. También se consume para tomar decisiones, para experimentar gozo y paz interna, para pedir a su dios que les ayude en los problemas de la vida, para tener visiones de sí mismos o de otros, o, como he comentado antes, para encontrar cosas perdidas, saber cómo están los familiares que viven lejos, y para configurar su propio futuro. Pero, atención, no se usa la ayahuasca como recurso oracular que es como suele mal entenderse en Occidente, sino literalmente para prefigurar el futuro personal o grupal teniendo visiones de ello. Lo que ven bajo el efecto de la mixtura creen que les acaecerá justamente porque lo han visto.
Repito, la mayoría de estos grupos indígenas tienen el pleno convencimiento de que lo que ven durante la sesión de ayahuasca les sucederá porque lo han visto, no porque esté predestinado en algún lugar inefable. De ahí que cuando una persona tiene visiones trágicas de su futuro, o simples visiones que no son agradables, dispone de nuevas oportunidades de tomar ayahuasca y tratar de cambiar su propio destino con nuevas y mejores visiones antes de que llegue el momento. Y lo que podemos llamar este modo indígena de operar no es algo que ande lejos de lo que defiende nuestra psicología sistémica con las constelaciones familiares, la PNL y otras escuelas contemporáneas de psicología del propósito y de la plenitud.
–Tratamiento del antiquísimo futuro–
Desde los años 1960, la ayahuasca está siendo estudiada y utilizada por etnopsicólogos, farmacólogos, psicólogos y psiquiatras como herramienta para resolver diversos problemas, en especial para ayudar a personas que necesitan erradicar conductas y hábitos compulsivos. Su uso para ayudar a resolver adicciones es un hecho en países como Brasil y Perú, donde es uno de los tratamientos punteros para las dependencias, depresiones y para la falta de sentido de la vida, trastorno hoy tan extendido en Occidente como mal diagnosticado y del que derivan numerosos padecimientos neuróticos, espirituales, sexuales, de soledad y depresión, y problemas de personalidad. La ayahuasca puede ayudar a encontrar el sentido de la vida y todo lo que deriva de ello en relación a la plenitud, pero ni es un remedio infalible ni hace milagros.
En la Vieja Europa depende de la legislación de cada país, aunque en general la mixtura se usa a escondidas por parte de algún psicoterapeuta de vanguardia, para evitar posibles problemas con la ley. Es trágico y esperpéntico que una mixtura vegetal usada durante siglos y milenios por los habitantes de la cuenca amazónica y del piedemonte andino para mantener y aumentar sus ganas de vivir, para gozar de estados de sanadora plenitud, para curar numerosas enfermedades y para orientar sus vidas desde el corazón, esté medio prohibida o prohibida del todo en nuestras sociedades desasosegadas, vacías y perdidas, con el absurdo argumento de que su consumo atenta contra la salud pública.
Dicho lo anterior, más de uno se preguntará: «Bien, ¿qué me va a pasar si tomo ayahuasca?». Muy probablemente nada malo, a menos que no sufras alguna enfermedad psiquiátrica severa —algo extremadamente minoritario, y aun así puede ser beneficioso si se sabe usar de forma terapéutica. Te ayudará a estar mejor en el mundo, a ser más sincero contigo y a agradecer la vida que te ha sido otorgada. A veces, muy pocas, el hecho de confrontarse uno consigo mismo genera un estado de ansiedad temporal, hasta que el sujeto es capaz de empezar a soportarse con honestidad. «¿Todo el mundo ve con transparencia lo que es y lo que lleva dentro?». No. Los pobres seres humanos tenemos una capacidad infinita de autoengaño y una habilidad descomunal para escaparnos de nosotros mismos.
–‘Fases’ (para explicarlo de alguna manera)–
En una primera fase, que puede ser en la primera sesión o tras varias experiencias, es probable que descubras cómo eres realmente —si eres capaz de soportarlo—, y experimentarás las emociones con una intensidad y consciencia inhabituales. En una segunda fase —de nuevo, depende de cada persona y puede darse en la misma sesión o varias sesiones más tarde—, el sujeto ve activada su memoria lejana pudiendo tener visiones de su pasado, acompañado de una sensación muy corpórea de estar ordenando y limpiando ese pasado. «Siento como si la ayahuasca me hubiera limpiado la mente», es una expresión habitual entre consumidores primerizos. Los indígenas amazónicos shuar, entre los que conviví y de los que aprendí la preparación y el uso de la mixtura, dicen que la ayahuasca —entre ellos natema— primero limpia el cuerpo y después limpia el alma. Es una buena manera de expresarlo.
¿Cómo limpia el cuerpo? A veces, sólo a veces, la mixtura provoca una intensa necesidad de vomitar o de excretar, y tras esta drástica limpieza el cuerpo se hace más liviano y fluido. En consecuencia, y sin regímenes estrambóticos ni esnobs, es adecuado realizar un dieta saludable y suave desde un día o dos antes de la experiencia —también nuestros médicos coinciden en que la mayoría de enfermedades empiezan por el aparato digestivo—, en especial no se debe comer ajo, cebolla ni tomar excitantes fuertes como café. Tras vomitar —insisto, si se da el caso—, los músculos pectorales, abdominales y el plexo solar se relajan permitiendo que las emociones fluyan con más libertad, intensidad y consciencia de su origen.
Tercera fase. Una vez aligerado el cuerpo y la psique de la guerra civil que todos llevamos dentro, se entra en un estado de paz profunda y de gozo, de abandono consciente a la experiencia visionaria. La persona, si es capaz, se siente formando parte de algo mucho mayor que ella misma, forma parte de la Vida, de Dios, de la Naturaleza. Es un estado de total plenitud. El sujeto descubre que la experiencia, en sí misma, es el fin último del paso por la Tierra, aprende a abandonarse a ella sin el constante control temeroso de lo que los psicólogos llaman el ego, el útil tirano interior que no nos deja en paz a menos que no sepamos como entretenerlo. Ser capaz de detener las permanentes voces internas no significa dejar de ser consciente, al contrario la consciencia se libera de este constante chismorreo y se expande. La persona descubre el sentido real de los grandes textos místicos y de maestros sabios que tratan de describir que lo Eterno está en el aquí, esto y ahora.
–Maestros interiores—-
La ayahuasca ayuda a disolver las dimensiones banales de la vida, empuja al sujeto a un universo inmenso y acogedor, sin tiempo, un universo que no se puede controlar, obligando a la persona a abandonarse como un niño en brazos de su padre que, para muchos usuarios de esta vía, es el Padre, el Creador. Cuanto más se abandona uno a la experiencia, más conocimiento y plenitud saca de ella. El mundo infinito que se enrosca eternamente sobre sí mismo al que encamina la ayahuasca es un universo de armonía, coherencia y amor —sí, utilizo este vocablo, amor, a pesar del temor a ser mal entendido por el necio uso a que continuamente se le somete.
Esta pócima sagrada abre la percepción a una dimensión diferente e inefable. Las situaciones de la vida cotidiana y uno mismo se ven desde una perspectiva nueva, inexplicable a quien nunca lo ha experimentado, más esencial. Se abren las Puertas de la Percepción, como describió en 1954 el inspirado Aldous Leonard Huxley tras publicar otras obras sobre el tema (como la novela El tiempo debe detenerse, en 1944; el ensayo La Filosofía perenne, en 1945; y más tarde, Cielo e Infierno, en 1956 y la tan difundida como inspiradora novela La Isla).
También se puede hablar del efecto como si la mixtura tuviera voluntad propia, de ahí que hay quien habla de «plantas maestras». Personalmente me parece una forma naïf de hablar, pero lo puedo entender. ¿Qué enseña esta liana «maestro»? A verse uno mismo en su esencia, en su naturaleza más verdadera… hasta donde cada uno lo pueda soportar, repito, y hasta donde cada uno esté dispuesto a ser sincero consigo mismo.
Es normal —y hasta cierto punto inevitable— que la gente espere pirotecnia interior, quiera ver luces, saltos mortales, colores brillantes, visiones y excitación. Pues no, no es así. Poco a poco, el sujeto que ha tomado ayahuasca por primera vez va percibiendo y descubriendo que no es esto lo que debe esperar, se da cuenta que la mixtura vegetal lo va encaminando por senderos más sutiles, que uno debe ir dejándose llevar hasta el final de la experiencia. Y así, en medio de un estado de plenitud, de paz profunda y de arrobamiento ante la inmensidad de lo que está percibiendo, no queda más que balbucear en voz muy queda: «Ah…entonces es esto». Sí. La persona se gira, mira a los ojos del amigo que tiene cerca y, sin palabras, sabe que están experimentando o incluso viendo la misma eternidad.
–Don Quijote de la ayahuasca–
La ayahuasca está adquiriendo cierta moda en Occidente y hasta Japón. Cada día hay más ofertas de sesiones por parte de una especie de Quijotes de la Mancha actuales quienes, en lugar de la armadura trasnochada y la lanza oxidada para atacar sus delirios, se cuelgan plumas de papagayo, tratan de salvar la vida a los demás y se hacen llamar neochamanes, guías espirituales, facilitadores de experiencias trascendentes, sanadores cuánticos y otras poco imaginativas necedades por el estilo.
No quiero decir que no existan chamanes reales y pilotos seguros para estos vuelos, los hay y conozco algunos. Sino que lo que abunda son los Quijotes de la Mancha que pretenden guiar a los demás, y los crédulos Sancho Panza que los siguen sin el menor sentido crítico, acabando desengañados o, peor aún, más perdidos que antes y con menos dinero en sus carteras. Simplemente, si uno quiere tener una experiencia de la grandeza y plenitud a la que puede encaminar la ayahuasca, debe ser escéptico con la moda y asegurarse de que quien llevará la sesión es alguien con experiencia real y conocimientos sólidos, alguien que mira de frente y sin vanidad al hablar, alguien que despierta confianza. Ah, y si buscas por Internet, recuerda que los buenos guías probablemente aparecen en la red de redes, pero por lo general no están detrás de anuncios sensacionalistas ni prometen fantasías de transformación galáctica dirigidas a los crédulos Sancho Panzas, sino que los expertos psiconautas en quien uno puede confiar suelen escoger ciertos caminos más personales, discretos y espirituales para dar a conocer su disposición. La ayahuasca no se puede enseñar en escuelas internacionales de ayahuasca ni en negocios burdos llevados por individuos psicópatas y sensacionalistas, tengan el color de piel y el tono de voz que tengan. La ayahuasca es plenitud, amor, visión y conexión con el Ser, y para esto solo hay un camino, tú.
Josep Mª Fericgla
Dr. en Antropología

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